No juzgo los elementos caídos, son los restos de un atardecer que no trae noticias ya de tierra. Pretendo desatar las vocales de la alegría, devolverles su sentido de bolo alimenticio, de granujada estomacal. Desato los nudos de la locura e invoco, en nombre de todos los nudos ciegos, un recuerdo que ancle a tierra a los suicidas.
Rocío Cerón,
Apuntes para sobrevivir al aire (2005, Editorial Urania, México)
Llamar por teléfono a horas oscuras, sin luz, apenas sin respiración. No dormir.
Curo las horas difuntas como se curan los niños huérfanos que preguntan de noche desconsolados cuándo volverá su madre.
Mi vida está ardiendo en esas horas muertas, las horas que se refugian en el espacio estrecho de otras horas más felices.
Sueño las horas muertas.
Un anciano loco lleva un libro abierto y cruza un puente. Me mira a los ojos y me pregunta si tengo hora. Señala mi reloj de pulsera, con la esfera partida por una esquina.
Un anciano loco tiene miedo de una chica que sostiene su mirada de loco mientras cruza un puente. Un loco me pregunta si tengo alguna hora en mí y no la tengo y nos miramos como dos hermanos desconocidos separados al nacer de la misma madre muerta. Nos miramos a los ojos brevemente. Cuál es la hora más muerta. Qué especie de loco. Qué loco pregunta la hora.
Sueño con mis horas muertas. Mías o del gas abierto en la cocina. Mías o de la bañera rebosante. De nadie o de nada o de la tableta de Lorazepam tan sedante, tan complaciente, tan humana.
Sueño que duermo y se precipita el tiempo por un desagüe. Sueño muerte. Sueño una hora inútil, una hora.
Sueño de un sueño aburrido de bregar con la nada. Estoy aburrida de luchar simbólicamente y nada. De acabar mentalmente en la misma ventana tapiada de la última vez y otra vez nada. De camuflar mis ganas de soñar sendantes maldiciones de árboles huecos y nadas.
Sueño horas muertas. Hijos muertos. Madres que no vuelven de la fábrica. Hombres rendidos que abandonan sus quimeras. Sueño guerras que cavan con la furia de los hijos las tumbas insidiosas de sus nietos.
Si me quedara aquí, con las sandalias rotas de caminar, en un mediodía cualquiera de julio, sentada bajo el balcón de un cuartel abandonado...
Si me quedara aquí, en la quietud de mi vida, en mi vida, en esta ciudad...
Si mi móvil estuviera apagado...
No sabrías nunca que estoy perdida. Y que mis zapatos se han roto.
Cuando tenía pesadillas, me quedaba siempre despierta, me acercaba y te ronroneaba al oído. Tú seguías dormido y me abrazabas con la inercia de tu cuerpo cálido, de tu cuerpo-brasa, de tu cuerpo-hogar.
Estaba tan a salvo. No había monstruos más allá de nuestras pieles quemadas. Todo lo ocupaban tus brazos y tu pecho y yo era una niña-gata con muchos miedos. He tenido una pesadilla, amor, he soñado que no estabas.
Nunca te dejaré, ¿me oyes?
La vida estallará en mi frente, eclosionará como las flores silvestres, como las crisálidas. Color malva. Nomeolvides.
Esta cama extraña exenta de ángel y luna. No hay retratos de desnudos femeninos. No hay sexo de madrugada ni conversaciones eternas ni cigarrillos compartidos. No hay restos de discusiones caníbales. Ni dolores punzantes acompañados de caricias.
Migrañas y dos o tres piezas de fruta en la nevera. Y mucho viento loco.
Hoy, me pregunto... caminando arrastrando los pies, casi descalza, por la ciudad que elegimos para amarnos, la última visita, otra vez, la última.
Ya, fuera de coña, ¿estoy perdida?
Patética esta huelga de silencio en la que todo está dicho. "Hombre, son muchos años juntos y eso siempre marca". Di la verdad, maldito: yo estoy marcada, tú eres feliz.
No escribo nada para que tú lo leas. No. Ya no. Solo necesito desahogarme de este silencio.
I'm an inbred and a pothead
Two legs that you spread
Inside the tool shed
Now we know it all for sure
Don't forget me,
Red Hot Chili Peppers
El mundo se acaba.
Se acaba el café que hay en el tarro, se acaba los azucarillos que edulcoran el vacío, se me caen las tazas de las manos. Se acaba el mundo cuando salgo de mi habitación. Todo roto. No valen las miradas, te lo digo. Las miradas no son mundo. Aunque sea yo quien mire.
Acepto el diagnóstico heredado. Soy una escapista. Hay cuerdas dentro de camisas de fuerza. Y todo acaba saltando por los aires, balanceándose en los quicios de las puertas, como flores bellas y locas. De puntillas por los alféizares de las ventanas. Los cabales acaban saltando.
Me retuerzo un poco porque esa es mi esencia. Me retuerzo antes. Todavía no sé.
Tú me enseñarás un baile, otro baile, dentro de este manicomio.