8 de diciembre de 2009

Desconcertada

Se gira. Se aparta. Cambia de rumbo. Hace la maleta. Se calza. Camina. Se va.
Estela sólo sabe actuar cuando la tratan mal.

23 de noviembre de 2009

Igualdad

Me considero feminista. Aunque al término de esta entrada algunos de vosotros creáis que no lo soy. Y dos artículos que he leído hace unas horas me han provocado una inquietud mental y sentimental.

Hace un par de años escribí un relato sobre el tema y el año pasado gané con él un concurso que, por cierto, estaba financiado y apoyado por el Ministerio de Igualdad. En el texto, vaticinaba una evolución del problema del machismo, debido a la discriminación positiva con la que se está intentando arreglar la situación. Lo que ocurra a continuación está claro: conseguir resultados a la fuerza, a golpe de ley, es contraproducente. No es la mejor manera de conciliar a hombres y mujeres. No es nuevo, lo sabían ya las feministas de Ruanda hace unos cuantos años. Y me explico.

Durante la segunda visita del presidente del Gobierno al programa Tengo una pregunta para usted, una chica de más o menos mi edad le preguntó al presidente si no sería más igualitario que una persona entrara en una empresa por su currículo y no por su sexo. Se refería a la medida "igualitaria" de contar con un 50% de mujeres y un 50% de hombres en el consejo u órgano de decisión de las empresas.

Y yo lo traslado a la realidad. Veo a un chico o una chica de treinta años, emprendedor, talentoso, al que le han negado la entrada en una empresa porque otra persona, menos preparada que él, debía ocupar la plaza que cumpliera con la medida. Y veo a esa persona, en caso de ser chico, frustrado y, a posteriori, culpando a las propias mujeres de no poder desarrollarse profesionalmente. Eso es peligroso. La medida puede tener un buen propósito, pero es completamente injusta. Tengo que decir que José Luis Rodríguez Zapatero contestó en el programa diciendo que, efectivamente, tenía razón en lo de dejar entrar por los méritos, pero que, "desgraciadamente", en las empresas no se contratan a mujeres precisamente por ser mujeres, por lo que había que impulsar esta entrada directamente. Impulsarla no es lo mismo que forzarla, pienso yo.


El primer contacto que tuve con la nueva campaña del Ministerio de Igualdad fue un cartel en una marquesina. De todas las mujeres que haya en mi vida, ninguna será menos que yo, decía el eslogan. Al verlo, me quedé a la expectativa, pensando que lo más efectivo que podría hacer el Gobierno sería colocar también a chicas famosas postulando la misma frase, pero invirtiendo los sexos. Mi sorpresa fue mayúscula al observar que no, que la frase de las chicas era "De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo". Por lo tanto, pensé, los hombres que haya en tu vida, deberán ser menos. Menudo mensaje más conciliador.

Si los hombres dicen que no serás menos que ellos y las mujeres que no serás más que ellas, entonces ambos sexos no están diciendo lo mismo. Desde mi humilde opinión, pienso que la frase más justa (pero quizá no la más efectiva) no es la que deje a las mujeres por encima, sino la que diga que todos los hombres o mujeres que haya en la vida de cualquiera serán iguales, y no menos o más.

Reflexionando días después sobre los contenidos que aprendí en la asignatura de Teoría de la Publicidad, me percaté de una cosa. Se entiende que a las mujeres hay que animarlas para que no consideren a los hombres más que ellas y a los hombres, a que no las consideren a ellas menos. Pero es que esta medida parte de una premisa falsa: que hay que atacar a la idea de superioridad o inferioridad. No incidir en la de igualdad.


Toda esta exposición de los últimos párrafos tendrá una repercusión en quien me lea. Las personas feministas me tacharán de retrógrada y mil cosas más, aunque lo único que he estado haciendo es reflexionar, pararme a pensar por un momento. Lo mismo que creo que ha hecho Enrique Lynch en su artículo Revanchismo de género. Este artículo, publicado el martes pasado en El País, ha desatado un alud de e-mails y cartas dirigidos a la defensora del lector de este periódico, Milagros Pérez, a la que, por otra parte, conocí este verano durante unas jornadas de periodismo.

Milagros Pérez se ha visto obligada a reflejar en el periódico el malestar que ha generado este artículo, que a mí, salvo algunos matices, me resulta, cuanto menos, interesante. Estoy completamente de acuerdo en que es políticamente incorrecto, pero me parece genial que se rompa ese tabú de criticar y se comience a reflexionar sobre los temas sensibles y candentes. Lynch ha reflexionado y por hacerlo ha tenido palos por todos lados: "rancia misoginia", "prejuicio cargado de resentimiento", "posmachista", "ideas retrógradas y confundidas", son algunas de las flores que el escritor ha recibido. Digo yo que solamente por pensar, como dice la canción de Ska-p.

Y es que que machistas justifiquen sus ideas o sus actos a partir de los pensamientos de esta persona no implica que él sea machista. De hecho, creo que su discurso ni es machista ni es político. Solamente está reflexionando. Salvando las distancias, sería como decir que Nietzsche era nazi.

Se apela al resentimiento para continuar con la "lucha" feminista. Eso dice el artículo. Un hombre puede llorar la pérdida de su novia, pero una mujer tiene que hacer como si nada y salir a buscarse otro. Díganme que no les parece que se está promulgando eso en todos los sitios. Pero relacionar causalmente es escabroso. Lynch deja caer que el revanchismo de género ha instigado más violencia de género, lo que me parece exagerado.

Si yo dijera que la violencia de género empezó a ser noticia cuando el feminismo alcanzó un nivel de aceptación social, ¿qué pensarían? ¿que soy machista? No lo soy. Durante el franquismo no había violencia de género o, al menos, no oficialmente. Y ¿por qué? Porque el machismo era algo incuestionable. La mujer debía estar en casa, cuidar de los hijos y vivir por y para su marido. Y la mujer, generalmente, aceptaba este rol, por eso no había conflicto. El problema de la violencia de género comenzó (y no estoy dando datos científicos, sino una simple impresión derivada de una larga y continuada reflexión) cuando las mujeres comenzaron a decidir y su libertad chocó con las ideas machistas de su marido. Posiblemente lo pasen por alto, pero en múltiples casos de violencia de género dados a conocer en los telediarios se dice que el hombre la mató cuando ésta se largó con otro o porque no aceptaba que fuera a trabajar, a lo que se añadía que en su oficina se relacionara con más hombres, o cosas por el estilo.

¿Decir eso es machista? No. Sugerir que las mujeres son culpables de su inferioridad social es machista, pero ahondar en el origen del problema y pronosticar que el feminismo choca frontalmente con el machismo es legítimo y nada censurable. Lynch no se pregunta por qué existe el machismo, sino por qué el machismo se manifiesta tan cruelmente. El machismo ya existía cuando las mujeres también eran machistas (las sigue habiendo, no hay que olvidarlo), pero esa ideología no se enfrentaba con otra, porque no había otra.

Yo me considero feminista, tal y como dije al principio, al feminismo que se entiende como lucha por conseguir la IGUALDAD, no la superioridad. Querer ser más por haber sido menos durante toda la historia de la humanidad es revanchismo y no responde a la racionalidad. Me considero feminista, pero también una persona que piensa.

Y sé que es políticamente incorrecto, igual que ha sido su artículo, exponer mis ideas. Pero creo que es necesario tener en cuenta todos los puntos de vista. Tampoco obtengo muchos halagos al decir que la imagen liberada de la mujer que se proyecta es la de insensible, manipuladora y objeto sexual. Ser un simple maniquí no contribuye al respeto hacia las mujeres intelectuales, porque antes que sus investigaciones, avances y estudios, lo primero que se tomará en cuenta será su sexo.

No olvidemos que, tras esa prentedida liberación e igualdad de género de las portadas con chicas desnudas, hay una realidad: el hombre sigue teniendo mayor poder adquisitivo y esas revistas existen por él y para él. Que la explosiva Angie Cepeda reflexione sobre ello antes de poner en contradicción sus fotos semidesnuda con la igualdad de género.



Y ahora sí, me expongo a las críticas. Después de esto, supongo que me ganaré unos cuantos enemigos.

17 de noviembre de 2009

Cerveza

Jaime. 32 años. Ropa de andar por casa. Camiseta promocional. Se la dieron en algún congreso sobre turismo o algo así. Hace tres años. La tiene desteñida, desgastada en el dibujo, con el cuello roído.

Son las 20:32 por su reloj de pulsera y las 20:33 por el de su ordenador. Se oye una sirena de ambulancia. Y el viento.

Es posible que Jaime, 32 años y trabajo temporal, quiera entrar en una página porno. Pero no. Bebe a sorbos una cerveza americana. Lee poemas de miles de autores, navega por blogs, se mete en páginas de poetas hispanos, se soprende leyendo a Carver y a Bukowski.

Escucha música. Rock. Algo de guitarra y bajo. Se le nubla la vista y las letras en la pantalla centelleante empiezan a bailar.

Acaba su tercera cerveza. Se levanta. Mira sus zapatillas rojas y negras. De viejo. Se arrastra tambaleante hasta la cocina. Se queda quieto delante de la nevera, la abre y busca más cervezas. Se rasca la cabeza. Pierde pelo a puñados. Sólo quedan tres. Escoge la botella del medio.

Vuelve al cuarto. Está oscuro, descuidado, solitario. No se oye ni un ruido en su pequeño apartamento. Sólo el clic de su ratón. Sólo su garganta tragando cerveza. Sólo sus pestañas al cerrarse. Sólo el ventilador del ordenador.

Visita una página de sexo. Jaime, 32 años y amante digital. Comienza viendo algunas fotos de chicas. Le gustan. Pero le invade la nostalgia, tal vez la tristeza. Le da un largo trago a su cerveza y la posa haciendo más ruido del necesario. Podría ir al cine. A ver cualquier cosa. Está dispuesto.

Podría llamar a alguien. Tiene hambre. Cierra la página porno. Lee un relato. Palahniuk. Parece que la ebriedad le da nuevo sentido. Mira el reloj. Qué miseria. 20: 45.

Se levanta despacio y vuelva a la cocina. Abre de nuevo la nevera. Mira hacia las cervezas y luego hacia los dos yogures que le quedan. Algunas naranjas viejas y unos huevos parecen demostrarle su insignificancia. Le hacen consciente de su mortalidad.

Coge uno de los yogures. Definitivamente tiene hambre. Está borracho y tiene hambre. Mira la fecha de caducidad en la tapa. Quién sabe con qué intención. 17/11/2009.

20: 47. Y piensa: una buena hora. Una maldita hora. Jaime, moreno, metro ochenta, soltero.

Borracho.

33 años.

8 de noviembre de 2009

Caminos de retorno

Cuelgo este poema porque lo escribí en el autobús, mientras iba a Logroño. Y lo subo porque me da la gana y porque Adriana me ha animado a hacerlo. Así que qué menos que dedicárselo. Ha sido guay este finde. La Fanzine manda.
PD: Mira debajo del gorro.

Te copio la expresión
y la de los animales muertos,

a ambos lados de la carretera.

Procuro no salpicarme
con las gotas que corren

por todas partes
en la luna, en los cristales.

Debajo de mis uñas

continúa la sangre,
se acabó mi tiempo,
me desangro.

Nadie (excepto tú)

vendrá a mi entierro.

Estoy en un lugar

donde nunca he estado,
viajando sola,
de vuelta,
a alguna parte...


Nadie me espera en la estación,
nadie aguarda,
porque nadie espera.

Podría dormir,

polvo al polvo,
sueño premonitorio,
cenizas,
en mi garganta.

Cuatro horas rodando,
las nubes van pasando...

Grises, blancas,
sombrías.

Basta con una herida,
es tan fácil morir.

3 de noviembre de 2009

Sangre

Aquella mañana se levantó de mal humor. Era algo normal. Pero aquel día era peor. Al ir al servicio, se percató de que le había bajado la regla. Suspiró. Se colocó una compresa con alas y comenzó el día.

Era uno de los pasillos más solitarios y oscuros de la facultad. Los desconcertantes horarios provocaban que, dos veces por semana, pasara media hora leyendo en uno de los bancos de ese pasillo. No le apetecía la biblioteca por lo grande y agobiante que era.

Allí estaba, con su pequeño libro de relatos, cuando, por el pasillo trasversal vio asomarse a un hombre grande, con una gran calva y pelo rizo, vestido de uniforme azul marino y arrastrando un carrito lleno de esos contenedores alargados de metal donde se depositan compresas y tampones.

En frente de ella había un baño. En la puerta del baño había un cartel con una silueta femenina. El hombre dejó el carrito a la puerta, cogió cuatro contenedores y entró. La visión de un hombre, grande y vigoroso, introduciéndose apresuradamente en un baño de mujeres le dio escalofríos.

Estuvo largo rato. Tenía miedo de que pasara otra persona por ese pasillo y se sorprendiera. Se quedo mirando fijamente la puerta, esperando oír algo, ver cualquier movimiento. Alguien apareció por el mismo pasillo que el hombre de los contenedores. Era una chica que ella conocía, quizá de una asignatura optativa. Vanessa, podía llamarse.

Sin reparar en ella, Vanessa entró en el baño. A la vez que la puerta se cerraba con un gran estruendo, notó punzadas en el estómago, a punto de atravesarla. Qué pasaría ahí dentro. Qué ocurriría cuando él mirara a Vanessa, la chica de francés... Qué dirían. Qué le haría.

Y un profundo dolor de útero la paralizó. Se imaginó la sangre desprendiéndose de sus entrañas y regando su interior, como una herida que no para de sangrar.

El primero en salir fue él. Mientras se abrazaba la tripa para aliviar un poco el dolor, le miró la cara. Era grande, hirsuta, de rasgos fuertes, de mirada huidiza.

Vanessa tardaba mucho. El hombre salió cargado con los cuatro contenedores a los que había sustituido. Los dejó en la parte de arriba del carrito. Se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Se lo imaginó llevando el carro a su casa, dejando los contenedores y esparciendo las compresas por su casa... ¿Cómo un hombre podía estar encargado de recoger cubos de higiene femenina y no suponer que era un psicópata?

Quizá, dentro, se había entretenido oliendo el contenido de los cubos. Se lo imaginaba sentado en un inodoro, sobre los contenedores, disfrutando con los restos de mentruación. Y, de pronto, había sido descubierto por la estudiante.

Se le revolvió el estómago.

Vanessa...Vanessa...Sal de una vez, pensaba, o me veré obligada a levantarme e irte a buscar. Miró a ambos lados. Nadie pasaba. No se oía ni un ruido. Era el ala de la facultad más sombría. Nadie se hubiera dado cuenta. Ni siquiera Vanessa había reparado en ella al entrar. Tal vez él la ha asesinado, pensó.

Y la sola idea de ella muerta o malherida le hizo saltar del asiento. Se levantó y entró, agarró fuertemente el picaporte y arrimó la puerta, evitando que sonara al cerrarse. Olía a productos de limpieza. Tres de las cuatro puertas que daban a los inodoros estaban abiertas. Nada hacía intuir presencia alguna. La penúltima estaba cerrada. Se acercó y aguzó el oído. No se oía nada.

-Vanessa... -susurró casi para sí.

Nadie respondió.

-Vanessa -repitió, esta vez más segura.

No pudo evitar imaginársela detrás de la puerta, tendida en el suelo, rodeada de un charco de su sangre. Sin dudarlo, llamó con los nudillos. Espero una respuesta, que se le hizo eterna.


Sujetó el pomo y abrió. La puerta cedió fácilmente. Temió mirar al interior, pero lo hizo. Allí estaba el váter, blanco, y el contenedor de metal, intacto. Miró al suelo. No había nada. Salvo unas gotas diminutas de sangre.

28 de octubre de 2009

Dos y veinticinco de la mañana

Estoy dándole vueltas a la cama. Lleno el papel en blanco de borratajos. Igual que fuera, el agua empapa los papeles de periódicos atrasados.

Mancho.

¿Ser escritora? Lo descarto.

Prefiero analizar el crecimiento de la unica planta que me regalaron. La única planta que ha sobrevivido a las hojas y a la humedad.

Mi insomnio viene de nuevo a molestar.

¿Pertenezco a una generación? Supongo que ni siquiera soy un punto en el espacio.

Este clima otoñal me hace retornar a mis orígenes. Parece ropa tendida, que moja el suelo, esta lluvia molesta a la que culpo de mi desconsuelo.

No escribo porque tenga ideas, sino para hacerlas mías. Para conquistar cierto terreno, para irme tranquila.

Nada y el recuerdo son equiparables.

Palos de ciego, para palpar un mundo que en cualquier otra parte del mundo será otro mundo. Occidente y la coca-cola. Es lo que nos ha tocado vivir. Y el resto.

Reivindico el margen y la clase baja. Puto olmo, no le pidas peras, aunque las tuviera, no te las iba a dar. Me quejo, tengo frío.

Noto cómo he perdido "el gran dominio del lenguaje". Se llama necesidad de comunicación. Tantas, que estoy pensando en publicar o no esto en el blog.

A saber.

Últimamente pierdo la identidad. Estar por estar. Escribir para desmentir que he muerto. Escribir para mentir que he vivido. Estoy un poco perdida, sí. Y nadie me dice dónde puedo buscar.

Me. Mierda. Me duermo.

Vale. Esto era lo único que tenía que hacer. Qué fácil. Qué mierda, porque mañana no lo quiero recordar.

10 de octubre de 2009

Insufrible

Que está vacía. Que no es creíble. Que no cuenta una historia verosímil. Que cuida la forma y estropea el contenido. Que no tiene idea de hacer cine. Que es mujer...

He oído de todo sobre esta película antes de ir al cine a verla. A la altura del betún la ha dejado la crítica. Y el público, más de lo mismo.

Algunas joyas de los espectadores, copiadas de una página sobre cine:

  • "Junto a Mentiras y gordas, la peor película que he visto en mi vida".
  • "Una auténtica tomadura de pelo".
  • "Con cada película esta pedorra nos demuestra lo insufriblemente pedante que puede llegar a ser".

En cualquier blog o página para cinéfilos hallamos más y más comentarios por el estilo. Algunos dicen que no tiene acción, que es muy lenta, que no engancha. Aunque son graves, se trata de opiniones puramente subjetivas.

Sin embargo, algún otro se aventura a hacer una crítica profesional en un blog de cine. "Insufrible nuevo trabajo de Coixet", titula. Sus lectores, que se acogen al derecho a la "crítica acatamiento", asienten, declinan invitaciones, deciden no ir a verla.

Reproduzco un párrafo de dicha crítica:



"Pero, ¿qué ocurre si ese sonido, tan planificado y cuidado, abraza una trama hueca y previsible, protagonizada por unos personajes toscos e inverosímiles? Ocurre que el sonido se queda solo, tratando de dar coherencia a un conjunto desalmado, vacío, incapaz de transmitir lo que se propone. ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ es una película de llamativo envoltorio sin nada dentro, sin drama ni emoción".

Me llama especialmente la atención la última frase. "Es una película de llamativo envoltorio sin nada dentro". Estoy de acuerdo.



"Nada es creíble" dice Luis Martínez, de El Mundo. "Tengo la sensación de saber lo que va a pasar (...) No me creo nada, aunque todo es como muy bonito, muy lírico, muy desgarrado (...) Me parece una tontería", opina Carlos Boyero, de El País.

Os parecerá extraño. Pero estoy de acuerdo. No es una película de consumo. No es una historia espectacular, de cine. Es poca cosa, un "relato corto", no tiene mucha elaboración. Incluso llega a ser previsible.

Y, sin embargo, es bella. Y digo bella y no bonita ni buena. No es una película para ser alabada. Es una película para disfrutar. Es bella, porque tanto el sonido como la imagen son los verdaderos protagonistas. Me recuerda un poco a los impresionistas. Intentan captar ese instante, sin juzgar, sin tomar parte. Simplemente quieren registrar lo bello.

Ejemplo. En la última escena aparece Sergi López solo, con un cuadro abstracto detrás y a la derecha un largo pasillo. El actor está completamente enfocado, sin profundidad de campo, mientras que la profundidad es la protagonista absoluta de la otra mitad del plano. El cuadro de fondo es un punto negro sobre un fondo gris. En el fondo del pasillo aparece una mujer.

Podría interpretarlo. Pero os destriparía el final. Sólo diré lo siguiente.

Cada plano es una obra de arte. Porque cada fotograma es un poema.

Y a quien no le guste, que vaya a ver Jennifer's Body.

Uf.