17 de octubre de 2012

Y la vejez incendió mi memoria

Antonio Gamoneda perdió a Antonio Gamoneda y una biblioteca cuando era niño. Gamoneda entró a la memoria sin herencia. Empezó a leer y solo tenía un libro. No tenía herencia. No tenía padre. Sus libros no ardieron, sus libros solo eran los libros de su padre, que no estaba.




Vi una tempestad conducida por lamentos, flores endurecidas en su propia belleza y, en los desvanes, augurios sobre excremento de palomas.

Vi también madres blancas y cifras para la organización policial de la existencia.

Esto fue en la niñez. Más tarde,

bajo la niebla azul del metileno,

vi esferas en cuyo interior la crueldad es sagrada, la desnudez atormentada por imanes y los tumores industriales. Luego,

sentí los dientes del alcohol y la respiración de la tristeza.


Por sus cánulas descendieron los líquidos de la vejez, pero la vejez incendió mi memoria: vi aún la córnea del niño envenenado por su propia inocencia y los juguetes de los agonizantes,

vi la alcuza sin esperanza, la bocina que llora y la cafetera olvidada por una madre loca en la cercanía de las serpientes.



Dormía ante los espejos. En la profundidad del mercurio permanecerían la princesa ulcerada y el metrónomo enloquecido en la inmovilidad (era otra vez la infancia rodeada de vértigo).


Por fin,

vi las huellas de los animales concebidos en el llanto y las agujas que atraviesan los sueños.


He despertado. Ya

no veo más que las delicadas espátulas, tan útiles en la preparación de la agonía.

Antonio Gamoneda,
Arden las pérdidas (Tusquets, 2003)

3 comentarios:

Darío dijo...

Me hizo sentir un profundo desamparo...

tormenta dijo...

Sí...

Elise Plain dijo...

Este libro cambió mi mundo.

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