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20 de mayo de 2012

Poema río

El río al que caí multiplica su caudal conforme los otros
lloran. Mi corazón es una esponja, una caja negra que
 recoge
todo cuanto sucede.

Tara, Elena Medel.

Todavía no es el momento de fotografiar ni esta ciudad ni cualquier otra que la rodee o circunde. No es momento de llevar pegado al corazón una cámara fotográfica o una caja oscura llena de todos. Hubo un todos alguna vez. Hubo una vez. Hubo un comienzo.

Hubo un comienzo y entonces debí fotografiarlo todo. La llegada del otoño. La huida del otoño, porque huyó. Los pájaros que encontré muertos en cada sendero de tierra o de piedra o de lava.

Hubo un río y un paisaje. Hubo una llave y hoy remo en un río poco profundo, con profundas heridas, con profundo cansancio. Meto los pies y de las uñas me crecen cerraduras y candados.

Quería escribir más sobre el viaje de hoy por un río que se hacía pequeño debajo de los puentes, que rodeaba la estación, que llevaba a no sé qué mar, en no sé qué estado de la alta Alemania, quería escribir sobre el fin de semana de mayo, sobre regresar a un puerto.

Quería escribir tanto hoy, escribir "hoy".
Y simplemente me duele lo que ha muerto.


Fotos de Siera.


6 de mayo de 2011

cicatrices de otras voces

árbol genealógico

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, 
los niños se acercan para curiosear en su garganta de hojalata, 
se celebran festines con moscas y gusanos,  
me cae mal porque me hizo sonreír a mí, que soy tan triste.
A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye, 
y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas a la tierra, igual que las raíces.
Al morir nos abren el estómago, 
examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

Un espectáculo.

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que hemos estado juntos.
Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie salvaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se extinguirá.

Elena Medel




Yo pertenezco a otras voces. A una especie diferente de mujeres, mujeres-árbol. Pertenezco a nidos y a libros y a recuerdos que se funden. Nitroglicerina.
Estoy de baja por las cerillas que se prendieron en mi pelo. Pero la ofensiva terminó.
Ahora aprenderé a escribir. Primero con trazos gruesos. Aprenderé de nuevo a correr sin tropezar. Primero a pasos pequeños. A cocinar sin que se me queme el asado. A comer y no vomitar. A comer y a dormir. A cuidar las plantas. A rellenar frases con tu nombre sin oler a chamusquina. A dejar de odiar. Y, cuando aprenda a dejar de odiar, a desaprender. A desaparecer en la hoguera de otras voces. Entonces renacerán mis cuerdas vocales.
Y la pierna amputada de mi corazón emigrará a África. Y las cigüeñas se extinguirán. Como mi herida de guerra. Como este sol que no se apaga.
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