12 de septiembre de 2012

Pero no os diré adónde

Hace unos cuantos años tenía dos obsesiones. Una es mentira, pero no os voy a decir cuál.


De niña leía muchos libros infantiles, como del Barco de Vapor y esas mierdas. Los libros me gustaban, claro, pero lo que hacía durante horas era mirar fijamente la foto del autor en la solapa. Leía el libro por completo, eso quiere decir que después de un par de meses me sabía de memoria la biografía de los autores, que también formaban parte de aquel objeto lleno de letras que me pertenecía. Filología hispánica. Profesor en un colegio. Cocinero. Autor de libros infantiles y juveniles. Jerez de la Frontera. 1965. Vigo. Periodista. Compagina su labor de librero con el de repartidor de flores a domicilio. 1972. Padre de dos hijos. Premio literatura joven 1997. Etcétera. Etcétera. 

Bueno, como digo, miraba fijamente la cara de aquellos señores. Intentaba a través de su gesto y de sus vidas concretas averiguar cómo se hacía para escribir un libro (así, en general) y cómo habían (ellos, en particular) llegado a publicarlo. De verdad, esperaba que sus ojos me transmitieran algo. Algo verdadero, algo a lo que atenerme. 

Aquello de "filología hispánica" sonaba tremendamente aburrido. Ni siquiera entendía lo que significaba. Y por más que intentaba figurármelo, no era capaz de ver cómo alguien que escribía un libro se podía poner en contacto con alguien que lo publicara. Tampoco tenía a nadie a quien preguntar ni conocía a nadie que le interesara la literatura (ni cómo se hacía para conocer a alguien que sí), así que me limitaba a los ojos de esos señores y a seguir leyendo. 

Los libros, por supuesto, eran solo una parte de mi vida. Yo vivía con mis padres en un piso no muy grande. No tenía hermanos. Sí, algunos vecinos y primos jugaban conmigo a menudo. Pero la mayor parte del tiempo lo pasaba jugando sola. Me pasé años pidiendo un hermanito o un gato. Desde la perspectiva de un adulto puede verse bastante egoísta, pero en verdad no lo(s) quería para que jugaran conmigo, sino para que yo pudiera jugar con ellos. Al gato, por ejemplo, que siempre fue una idea fija desde que tengo uso de razón, le concedía una independencia inimaginable para un crío. Solo quería que existiera, que fuera una posibilidad que contradijera la nada. 

Con los Pinypon, las Barbies o las Barriguitas me imaginaba siempre historias, por eso a veces hablaba en alto. No era porque estuviera loca (está aún por confirmar), es que estaba creando los diálogos a través de mi voz. Incluso con algunos coches que tenía hacía lo mismo o con mis mariquitas de papel.

Una vez me regalaron unos libros protagonizados por animalitos antropomóficos. Cada libro (eran cuatro) estaba protagonizado por un animal y en cada uno enseñaban una cosa distinta: los números, las estaciones, etcétera.

Cuando ya era demasiado mayor para interesarme por la simpleza de sus contenidos, copié las caras de los animales en un papel y les hice un cuerpo humano a la medida. Los pinté. Luego volví a copiar algunas caras para hacer más personajes de la misma especie, salvo que con ligeras diferencias. Por ejemplo, hice una pareja de ositos y otra de gatitos, y también otra osita diferente que era un poco más gorda que la original y que usaba gafas. Con el tiempo confeccioné otros animales que no estaban en esos libros, como una rana o un elefante. 

Por vergüenza no lo haré, pero podría reproducir aquí el nombre de cada uno de los personajes. Eran bidimensionales y no tenían hábitat alguno salvo la superficie lisa de la mesa de la cocina. Allí jugaba con ellos. También en el suelo. El suelo siempre me ha atraído inexplicablemente. La diversión era la historia que yo creaba, nada estaba elaborado, todo era posible. Aunque, claro, desde el primer momento, los personajes que mejor dibujados y pintados me quedaron se convirtieron en mis preferidos. A ellos siempre les reservaba los líos más inverosímiles y los desenlaces más benévolos.

Lo curioso que hoy encuentro en este juego es que la vida de aquellos personajes no se moría al guardarlos en la caja de cartón. Al contrario, la siguiente vez que los usaba, que podía ser después de una semana o un mes, los personajes se desarrollaban desde el punto que los había dejado anteriormente. Lo que estaba creando era una historia entera en capítulos, por así decirlo. La historia era verdadera y los personajes de papel tenían memoria, guardaban recuerdos, eran seres vivos.

Creo que fue desde entonces, desde la niñez, cuando yo misma me creaba mis propios juguetes (no por pobreza, sino por el aburrimiento que me producían los juguetes ya imaginados por otros, donde mi margen de maniobra estaba dictado por las reglas de unos folios cuadrados unidos por grapas), digo, creo que fue desde aquel momento que empecé a tener un cariño especial por los objetos que me pertenecían.

Si le digo a alguien todo lo que me traje de España a mi año Erasmus probablemente me tomen por una materialista descerebrada. Y probablemente sea materialista. Les concedo a los objetos un estatus especial: los objetos que me han pertenecido, que, de alguna manera, yo he creado al tener  conmigo no pueden ser simples desperdicios. Y, por supuesto, no tienen sustitutos. Tienen dignidad. Y tienen recuerdos, como mis muñequitos salvajes con forma humana.

En realidad no quería contaros todo esto, pero me he ido por las ramas. Lo que quería era explicaros mi otra obsesión.

De adolescente, antes de abrir este blog, la necesidad de comunicación me producía cerrazón de estómago y dolores de cabeza. No quiero que os equivoquéis, no tengo necesidad alguna de que desconocidos me observen por dentro sin mi consentimiento explícito. No tengo ni necesidad ni ganas. 

Más bien tenía este blog para dejar mis entrañas al aire de manera metafórica. No por diversión o por curiosidad, sino por pura necesidad orgánica. Mis entrañas siempre han estado muy adentro, empujadas por el clima o los factores externos, aprisionadas, con poco aire. 



Bien, llevo unos meses planteándome cerrar este blog. Después de Epidermia, después de mi año Erasmus, después de dar de narices contra la realidad mil veces creo que ya no tengo nada que decir o que no le interesa a nadie. Quizás sí sienta que tengo algo que decir, pero no aquí. Que este blog lo tengo que alimentar por cierto grado de popularidad que debo conservar en la cabeza de alguien o por continuidad o por rutina o por sacrificio. La verdad es que las visitas desde el año pasado han bajado considerablemente. Los comentarios brillan por su ausencia, como podéis comprobar. También mis ganas de exponerme han decrecido. 

De hecho, no tengo nada de ganas de hacerlo precisamente porque hay gente a la que no quiero dejarle mis entrañas en bandeja. Parece una tontería, pero mi inconsciente funciona así: se esconde. O simplemente, quizás, tengo miedo de que me hagan daño. Porque no podría escribir mentira. No podría empezar aquí una obra de ficción. A partir de todo lo que ya sabéis de mí.

Este blog dejó de tener sentido cuando ciertas personas dejaron de leerlo porque ya no lo encontraban interesante y eran esas personas las que lo llenaban de sentido. ¿Sabéis? La mayor parte del tiempo yo tampoco me encuentro interesante. La mayor parte del tiempo me encuentro insoportable, una carga, un saco de preguntas y un abismo. La mayor parte de las veces me encuentro abismo y arrastro a todos a mi paso. 

Pero eso es un quejido, eso no es una obsesión.

En realidad necesito retomar la sinceridad. Antes la tenía porque partía de la metáfora y del inconsciente, y porque sabía que habría alguien que leería entre líneas o directamente de mi estómago, pero ahora tengo que demostrarle no sé qué a no sé quién y me siento atada. Me siento extremadamente pequeña en esta ciudad tan grande. En esta blogosfera que me engulle y en la que debo ¿competir? Me siento extremadamente pequeña con mis huesos y mis entrañas. Y, sin embargo, siempre he necesitado sacarlo todo, porque así es como soy yo.

¿Por qué ahora no? ¿Por qué ahora no quiero ser sincera? 

¿Qué utilidad le doy a este retales? ¿Qué puedo hacer más que irme, cerrarlo y buscarme?

Bueno, en fin, creo que si pudiera descolgar el teléfono y llamar a alguien para contarle todo esto probablemente no lo habría acabado escribiendo aquí, pero eso es carne de otro post.




17 comentarios:

María Mercromina dijo...

Un abrazo fuerte, bonita. De los de verdad.

Ernesto Frattarola dijo...

Si cierras el blog, a mí (y seguro que a muchos más) me va a doler. No nos conocemos, no soy "tu gente"; pero, de alguna manera, tú sí eres "mi gente" (y seguro que la de muchos más). Yo te encuentro interesante todo el tiempo, probablemente por esa autenticidad que destilan tus posts, y aunque yo me entere de la Misa la mitad...

No sé... Ojalá no cierres el blog. Te mando un abrazo

Ernesto

Emily dijo...

1. Todo tiene su momento; también su fugacidad. (Pienso en mis blogs de los 13, 14, 15, 16 años. También en mis diarios o en los libros que he escrito.)

2. Todo cambia, también nosotros y los capítulos se abren y se cierran y empezamos a ser otros, pero

3. Tenemos una historia (que elegimos o no mostrar).

4. Es tu blog y tú decides cómo y cuándo escribes.

5 (y más importante). Hagas lo que hagas, escribas donde o lo que escribas, yo quiero seguir leyéndote.

Abrazaco grande y amor de ciudad a ciudad.

tormenta dijo...

Gracias por el abrazo, María, me llega.

tormenta dijo...

Ernesto, no lo voy a cerrar, es solo una llamada de atención. Pero gracias por los ánimos.

tormenta dijo...

Emily, qué linda. Gracias. Muá.

Darío dijo...

Tu blog es como uno de esos rincones inexplorados, y por eso me gusta. Es como una isla adonde uno puede venir a "despejarse".
Claro, eso quizá, aporte más a los que venimos que a vos misma. De todas formas, es un aporte a la existencia de algunos pobres mortales, que no es poca cosa. Abrazo (de un desconocido).

tormenta dijo...

Exacto. Sois vosotros. Pero no se trata de vosotros. Igual que con la "identidad digital" y la visibilidad, también la "expresión pública" de sentimientos tiene sus desventajas ahora mismo (hoy lo estuve pensando mucho). No todo lo que comparto tiene por qué ser verdad y no todo lo que siento lo comparto. El hecho de compartir lo que siento significa que tengo que construir, reconstruir, crear un discurso inteligible para los demás, y eso me plantea miles de dudas: ¿una vez "construido", mi estado de ánimo sigue siendo real (o al menos, tan real como lo era antes)? Y, segundo, ¿le importa a alguien? ¿Para qué lo hago?

En fin...gracias por el comentario, Darío. Un abrazo.

Keont dijo...

¿Mi comentario no llegó o lo borraste?

:( me costó un rato escribirlo.

tormenta dijo...

jo, no. yo no he borrado nada. :/

Anónimo dijo...

Yo te leo siempre, de forma silenciosa, pero te leo, y sería una gran pérdida ya no poderlo hacer. Un abrazo.

tormenta dijo...

Joder, a una le agranda el ego cuando sus quejidos son escuchados y contradichos.

Gracias por la lectura y por el silencio y por el cariño.

Una a veces no sabe dónde anda. Ni adónde.

José Luis Piquero dijo...

Quizá no sepas que últimamente mucha gente (as myself) lee los blogs a través del reader, el cual no deja en la página ninguna huella de la visita. Besos.

tormenta dijo...

Si fuera el contador de visitas lo que me preocupara...

Keont dijo...

Hola. Soy uno de esos Anónimos que nunca importó, no vas a cerrar el blog por mí ni seguirás escribiendo por mí. Eso está bien, creo. Te sigo, como imagino hacen varios otros, desde tus conversaciones con Nach. Por twitter. Si bien es cierto que lo que he llegado a leer en el blog no lo he entendido, sí me ha gustado. Sí me he leído casi casi cada tuit que has escrito.
Parece una tremenda tontería, pero internet lleva a la gente a situaciones como alegrarse de que alguien que no conoces y crees que lo está pasando mal se vaya de Erasmus. O que se vaya a Erasmus sin estarlo pasando de ninguna manera.

En este blog de nuevo hay cosas que no entiendo. ¿Crees que estar tirando de ti misma es poco? ("La mayor parte del tiempo me encuentro insoportable, una carga, un saco"). Me parece un desprecio injustificado a la gravedad. No lo digo por juzgar ni por intentar entender nada, simplemente llamar la atención sobre que a veces es suficiente con cargar con nuestro propio peso.

Tampoco sé si esto lo dices totalmente consciente, o sin querer.
"No tengo ni necesidad ni ganas [de que me observen]."
"...sino por pura necesidad orgánica"

No digo que sean incompatibles, el que algo sea totalmente necesario e innecesario a la vez. Quizás solamente imposible.

También, no estoy seguro sobre si la última línea la tachaste porque finalmente le(s) llamaste, o porque realmente lo habrías acabado escribiendo aquí de todas maneras.

También da un poco la impresión de que consideras que estás obligada a escribir para que una(s) persona te lean realmente. Quizás podrías probar a hablar a los anónimos.

Perdón por la psicología barata y el muro de texto.

El primer post me quedó mejor, creo.

También decir que sigo impresionado con que alguien haga (haya hecho) un podcast sobre rap. Sin más, sin chanchullos, ni complejos. Difusión y entretenimiento.


Anónimo dijo...

En mi humilde opinion, tienes un ego demasiado grande

tormenta dijo...

Es posible que parezca que he escrito esta entrada buscando unos comentarios que la contradigan, que lanzo una amenaza (voy a cerrar el blog) para conseguir palabras que me endulcen los oídos y alimenten mi vanidad (no, no lo cierres, te queremos).

sería un diagnóstico fácil. No. A los 10 minutos me aburre soberanamente seguir hablando de mí.

He escrito mis dudas, un par de obsesiones, he hablado de mí, sí. Una de las preguntas era "¿para qué escribo?". Y también "¿quién me lee?" y "¿qué quiero conseguir con esto?".

Plantearlo y compartirlo no tiene nada de vanidoso, solo de sincero. Y, sí, claro, todo el mundo quiere que le escuchen y que le quieran, eso solo me convierte en una más.

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