6 de septiembre de 2012

Sobrevivir al nosotros

9. La ciudad

  ¿A quién o a qué cantarán los trovadores? Alguien quedará, para recordarlo así:

  Había quienes morían de frío en los portales de las iglesias o en las canteras del parque, frente a la playa; había quienes aparecían abandonados entre las rocas, con los huesos rotos y la carne reventada por el plomo. Un hombre atado escuchaba los aullidos de su hija, mientras la partían por la mitad en el cuarto de al lado. Los presos reconocían a los verdugos por las voces y los olores y las maneras de pegar.

  Descubríamos que sentíamos miedo, y eso nos llenaba de asombro y de vergüenza. La ciudad vivía con el aliento cortado. El aire estaba envenenado por la desconfianza: se hablaba en voz baja, las voces no tenían eco, las voces no coincidían con las caras. Estar libre resultaba sospechoso, pero no encontrábamos sueltos y vivos y nos daban ganas de felicitarnos. Los niños dibujaban túneles y animalitos que escapaban por los túneles. Se hacía el amor como si no fuera a repetirse nunca: "Si caigo y no me matan, voy a mandarte cartas debajo de la lengua de alguien". Decir: "Hasta la semana que viene", era una estupidez. Pensaste, dijiste, dudaste: alguien murmuraba tu nombre antes de desmayarse: reconocías el reloj de tu mejor amigo en la muñeca del soldado que entraba a detenerte.

  Los días no se tomaban unos a otros de la mano, no se abrían paso en fila india, amablemente, lento flujo de aceite del tiempo, ida y vuelta, va y viene, no: los días se atropellaban y se amontonaban unos sobre otros y caían al vacío con las piernas enredadas: zumbaban, atacarán, acosan: naciste mañana, morirás ayer: dijiste dirás adiós: amor o miedo ardiendo en esos ojos que me miraron la próxima última vez.

La canción de nosotros
Eduardo Galeano



La sucesión cronológica no me interesa. Me aburre la lógica que siguen los hechos, que copian de ellos las palabras. No quiero más narradores que reluzcan por todo lo que han vivido o por todo lo que han imaginado. No me interesa la narración, el relato, la ficción brillante. Solo me interesan los remolinos inesperados, la arena movediza de las cosas, la conciencia. También el aire. El aire, mucho. El aire es como el espacio que hay entre la casa de enfrente y el último pedazo del cielo que se ve desde la ventana. No me interesa lo que cuenta La canción de nosotros, sino el tiempo y su desarrollo cuando se enreda y solo es por lo que puede hacer en pos de la poesía. El torrente. Quiero que mi aliento acelere el pulso y que mi corazón se corte de asombro. Que mi sangre despierte con la falta de aliento y la abundancia de lo vuestro. De lo otro. Nada me interesa más que lo que nunca sabré de los demás.

El conservadurismo en la poesía es lo más antinatural, se da mucho y no lo comprendo. No entiendo eso, y me da igual si el poeta es joven o viejo. Hay gente pretendidamente conservadora, otra lo es porque inconscientemente le sale, y está bien: cada uno puede escribir lo que quiera. Pero otros se creen que transportan una llama y conservan el legado. ¿Qué legado, si tú naciste ayer? Hay que deformarlo y transformarlo.*



*Agustín Fdez. Mallo, aquí.
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