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6 de mayo de 2011

cicatrices de otras voces

árbol genealógico

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, 
los niños se acercan para curiosear en su garganta de hojalata, 
se celebran festines con moscas y gusanos,  
me cae mal porque me hizo sonreír a mí, que soy tan triste.
A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye
y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas a la tierra, igual que las raíces.
Al morir nos abren el estómago, 
examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

Un espectáculo.

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que hemos estado juntos.
Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie salvaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se extinguirá.

Elena Medel




Yo pertenezco a otras voces. A una especie diferente de mujeres, mujeres-árbol. Pertenezco a nidos y a libros y a recuerdos que se funden. Nitroglicerina.
Estoy de baja por las cerillas que se prendieron en mi pelo. Pero la ofensiva terminó.
Ahora aprenderé a escribir. Primero con trazos gruesos. Aprenderé de nuevo a correr sin tropezar. Primero a pasos pequeños. A cocinar sin que se me queme el asado. A comer y no vomitar. A comer y a dormir. A cuidar las plantas. A rellenar frases con tu nombre sin oler a chamusquina. A dejar de odiar. Y, cuando aprenda a dejar de odiar, a desaprender. A desaparecer en la hoguera de otras voces. Entonces renacerán mis cuerdas vocales.
Y la pierna amputada de mi corazón emigrará a África. Y las cigüeñas se extinguirán. Como mi herida de guerra. Como este sol que no se apaga.

26 de abril de 2011

Foto para el fin de la batalla

 

Y todo irá bien y toda
clase de cosas irán bien
cuando las lenguas de llamas estén plegadas hacia dentro
en el coronado nudo de fuego
y el fuego y la rosa sean uno.

"Little Gidding", T. S. Eliot.

Desembarco de Normandía, por Robert Capa.


Dice Eliot, al caer la tarde:

La guerra no es una vida: es una situación,
que no se puede ignorar ni aceptar.

***

23 de febrero de 2011

La dirección de las balas

la luz que me recorre por debajo de la piel y dentro de los órganos y sale de mí por los poros y los agujeros y las pestañas. esa luz se la llevan rachas de viento y ceniza. pavesas de incendios internos, me reflejo en las llamas y contraigo mis músculos al calor de hogueras de huesos. bazookas en direcciones contrarias; dejo que anochezca. y la luz se refleja. objetivos claros que pretenden desgarrar los pensamientos como tiras de piel de pollo. lanzagranadas. y dejo que el viento se vaya. este. oeste. no voy a ser yo quien te convenza de nada. quien pare este arco iris de sangre. quien detenga la lluvia fina. tengo licencia de armas y estoy apuntando lejos. con balas de fogueo.
tú mismo sabrás evaluar si esto es o no es una guerra.

Fotografía de Siera Selene.


11 de febrero de 2011

Mi vagina era mi aldea

Ilustración de Valle Camacho

Mi vagina era verde, praderas de un suave rosado acuoso, una vaca mugiendo, sol, siesta, novio cariñoso rozándome con una sueave brizna de paja dorada.

Hay algo entre mis piernas. No sé qué es. No sé dónde está. No lo toco. Ahora no. Ya no. No desde entonces.

Mi vagina era parlanchina, no podía esperar, no podía esperar tanto, tanto hablar, palabras que hablaban, no podían dejar de intentarlo, no podía dejar de decir "Oh, sí. Oh. Sí".

No desde que sueño que tengo un animal muerto cosido ahí dentro con hilo de pescar negro y grueso. Y no puedo desprenderme del apestoso olor a animal muerto. Y tiene un tajo en el cuello y sangra tanto que me empapa todos mis vestidos de verano.

Mi vagina cantando todas las canciones de chicas, todas las canciones en las que suenan cencerros de cabras, todas las canciones de praderas de otoños silvestres, canciones de vaginas, canciones natales de vaginas.

No desde que los soldados me metieron un rifle largo y grueso ahí dentro. Qué frío está, con el cañón de acero que me anula el corazón. No sé si van a dispararlo o a clavármelo más adentro hasta atravesar mi cerebro que da vueltas como un trompo. Seis de ellos, médicos monstruosos con máscaras negras que también me penetraban con botellas. Y con varas y el palo de una escoba.

Mi vagina nadando en el agua del río, agua cristalina fluyendo sobre piedras secadas al sol, sobre piedras clítoris, sobre clítoris piedras, fluyendo hasta el infinito.

No desde que oí cómo se me desgarraba la carne y hacía ruidos chirriantes de limón, no desde que un trozo de mi vagina se me cayó en la mano, una parte del labio. Ahora me he quedado sin un lado del labio.

Foto de Bea Vizious

Mi vagina. Una aldea de agua, mojada y viva. Mi vagina, mi aldea natal.

No desde que se turnaron durante siete días, apestando a heces y a carne ahumada, dejando su asqueroso semen dentro de mí. Me convertí en un río de veneno y pus, y todas las cosechas se murieron y también los peces.

Mi vagina, una aldea de agua, mojada y viva.

La invadieron. La masacraron y la quemaron.

Ahora no la toco.

No la visito.

Ahora vivo en otra parte.

No sé dónde.


Durante la guerra de Bosnia, las fuerzas serbias practicaron violaciones masivas a las mujeres musulmanas de Bosnia. Entre 20.000 y 44.000 mujeres sufrieron vejaciones en los llamados "campos de violaciones".


El fragmento de arriba pertenece al libro Monólogos de la vagina, de la escritora estadounidense Eve Ensler, que entrevistó a más de 200 mujeres preguntándoles por su sexo, sus relaciones sexuales y la violencia sexual. Este fragmento reproduce la entrevista a una de esas mujeres bosnias que sufrieron el método de ataque más efectivo de la guerra: no matar, no con benevolencia, sino anular, torturar y repudiar. 
Redes habló de esta práctica bélica en Bosnia en su programa número 78, que podéis ver aquí.
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