
Ayer me puse a colocar el armario: las cajas de cartón ocupadas por diarios, cuadernos de poemas, cuadernos de cuentos, hojas sueltas con historias inacabadas, cartas de amor, correspondencia infantil, relatos encuadernados, archivadores con escritos en sucio, paisajes en acuarela, bodegones con ceras Manley, retratos en blocs de dibujo, pósters y carteles, cintas de cassete con canciones antiguas...
He escrito rabietas, enfados, enamoramientos, historias de detectives, de periodistas, rayadas a las tantas de la madrugada, canciones de rap, poemas sobre el amor y la soledad. He relatado situaciones con chicos, con amigas, con familiares. He escrito artículos de opinión en Bachiller y reportajes sobre mi barrio en Primaria. He hablado cientos de veces sobre mi ciudad, he descrito rutas, lugares ocultos. He inventado muchas villas diferentes y a todos sus habitantes. Me he intentado explicar de mil y una maneras diferentes, he revelado secretos, he confesado traiciones... He escrito tantísimas cartas de amor...
Le escribí una canción a mi hermano, antes de que naciera. He hablado sobre escribir y he escrito sobre hablar demasiado.
He creado a Jonh el vampiro, a Clara Cocido, la intrépida niña detective, a Yoni el poli, a Pedro, a Jess, a Águila Roja, una bruja que hipnotizaba águilas y pieles rojas, a Lara, la niña que tenía siempre miedo, a Gloria, que era pobre, y a Thomas, que era rico, a unas muñecas de porcelana que se despertaban de noche, a Susi, "la auténtica Susi" y sus aventuras, a Peter, que vivía en casa de su tía abuela, Lágrimas de fuego, un drama infantil, Juan y sus padres desaparecidos, los extraños sucesos de un pueblecito llamado Callin...
Además de todo eso, escribí mucho más. Mi primer relato "serio", "adulto", Mi chica, la historia de un ángel y una niña. Luego, Días de borrasca. Y después, muchos más: [Alicia] En el país de las pesadillas, El desconocido desierto de Dios, El Sinónimo de Nada, Nuestro firmamento, A pesar del miedo, Memoria de una observadora.
En mi armario, también encontré novelas a medio hacer y al menos ocho cuadernos llenos de poemas de amor, escritos entre los 11 y los 15 años. Y también El Observador en sucio, la única novela que he logrado terminar.
Lloré al leer mis viejos diarios. Lloré al ver las fotos y las dedicatorias de compañeros en las agendas y orlas. Abrí carpetas, leí cuadernos, me acordé de momentos pretéritos, me refugié en el pasado, me emocioné al recordar lo que escribía con ocho y nueve y diez y once años, me sorprendí al encontrar tantos cuentos...
Acabé cansada, desorientada, mareada. Pero logré desenterrarme de la montaña de papeles. Volver al presente. Al acabar, me tomé un café. Por esa niña manipulable que tanto se quejaba, que tanto expresaba, por esa adolescente promiscua y llorona.
Y por esa mujer que busca su lugar y coloca y empaqueta sus recuerdos.
