29 de julio de 2011

ser relativo




En la práctica, igual que en la Antigüedad había una línea vertical absoluta con respecto a la cual se definía la oblicua, existe un tipo humano absoluto que es el tipo masculino. La mujer tiene ovarios, útero; son condiciones singulares que la encierran en su subjetividad; se suele decir que piensa con las glándulas. El hombre olvida olímpicamente que su anatomía también incluye hormonas, testículos. Percibe su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo, que cree aprehender en su objetividad, mientras que considera el cuerpo de la mujer como lastrado por todo lo que lo especifica: un obstáculo, una prisión. "La hembra es hembra en virtud de una determinada carencia de cualidades", decía Aristóteles. "Tenemos que considerar el carácter de la mujer como naturalmente defectuoso". Y Santo Tomás decreta a continuación que la mujer es un "hombre fallido", un ser "ocasional". Es lo que simboliza la historia del Génesis, donde Eva aparece como sacada, en palabras de Bossuet, de un "hueso supernumerario" de Adán. La humanidad es masculina y el hombre define a la mujer, no en sí, sino en relación con él, la mujer no tiene consideración de ser autónomo. "La mujer, el ser relativo...", escribe Michelet. Benda afirma también en Le Rapport d'Uriel: "El cuerpo del hombre tiene un sentido en sí mismo, al margen del cuerpo de la mujer, mientras que este último parece desvalido si no evocamos al hombre... El hombre se concibe sin la mujer. Ella no se concibe sin el hombre". Y ella no es más que lo que el hombre decida; así recibe [en francés] el nombre de "el sexo" queriendo decir con ello que para el varón es esencialmente sexuado; para él, es sexo, así que lo es de forma absoluta. La mujer se determina y se diferencia con respecto al hombre, y no a la inversa; ella es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, es el Absoluto: ella es la Alteridad

El segundo sexo, Simone de Beauvoir


***

 Mi matriz tuvo utilidad durante algún tiempo.
De allí tomabas prestada la vida, bebías líquido amniótico 
de sangre, leche y vómito tibios.

Aprendiste crueldad 
con mis historias sagradas.
Aprendiste a masticar costillas flotantes, 
engrendos de peleles alados.

Aprendiste a encajar los golpes con silenciador. 
Agachaste las orejas para tranquilizarme: si tú me dejas, yo me dejo

¿Cómo no verlo venir?

Con una navaja oxidada cortaste mi pierna izquierda.
Como una cría aplicada, me sacaste a tiempo los ojos.
Los dos.

Tú sabías lo frío que estaba el mundo fuera de mí.

No me avisaste de tu desidia ciega, 
no me advertiste lo duro que era aprender a caminar así:
mutilada.

Vuelvo a andar, hijo mío.
Ando dando vueltas sin sentido.

Duelen las marcas, por supuesto,
duelen los pezones partidos, 
la cicatriz tan fea que me ha quedado.

Y duele el tiempo tan desperdiciado en enseñarte a existir.
En enseñarte cómo eran las cosas fuera del tubo de ensayo.
En habituarte, paso a paso, a estar lejos.

Duele, sobre todo, 
la pierna que se fue.
La pierna que camina sola. 

Has sido un mal hijo, está claro,
  pero un perfecto y jodido aprendiz.


5 comentarios:

Emily dijo...

ese libro es genial

María Mercromina dijo...

+1 a lo de Emily...
un abrazo,
estás igual de bonita en recortes.

tormenta dijo...

gracias

Ignacio Carcelén dijo...

Ser hombre es difícil, no quiero el mal para ninguna mujer y quiero mi felicidad.

Deheishe dijo...

+2 por ahí arriba. Descubrí el libro en cuestión, hace años, como parte de una de las bibliografías colgadas en la UVa. Merece la pena hojear ese ensayo.

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