11 de marzo de 2011

io Donna

¿Quiénes somos?
Animalitos desesperados y solos en medio de la noche.

Hoy he ido de compras. Salí de clase y me acerqué al centro de la ciudad, donde se aglomeran tiendas y comercios. Los viernes por la tarde en el Bershka o el Zara suele haber grupos de niñas-chicas todas juntas en el probador descuartizándose y (/o) alabándose unas a otras.

"Ay, me chifla. Estás divina".

Entré con dos vestidos a uno de esos probadores en Stradivarius. Claustrofóbico, de paredes negras y con un foco cenital horroroso. Me quité la camiseta y me bajé el pantalón. Allí delante de mí había un cuerpo que me sorprendió. ¿Así era yo? Esa cadera inmensa. Aquellas sombras en los pliegues de la piel. Aquel pecho diminuto. Aquella celulitis. Aquella carnaza sobresaliente de la braga. Aquella piel imperfecta llena de granos y manchas.

Salí deprimida. Por supuesto, no me compré nada.

Al volver a la calle, me miraba de reojo en los escaparates y miraba a las demás chicas, mujeres, ancianas con las que me encontraba. Además de darme cuenta de la cantidad de mujeres entre los 50 y los 65 años hiper peinadas, hiper maquilladas, con zapatos de tacón y bolso con correa de metal que hay en esta ciudad, regresé a la idea inicial que tenía antes de entrar a la tienda. Mi cuerpo no está desproporcionado, no es monstruoso, no provoca llanto ni horror.

Intentaba pensar en la estrategia de márketing que usan en las grandes empresas textiles para colocar esos focos y hacer esos habitáculos excesivamente ridículos donde tu cuerpo lo ocupa todo y la luz te acusa desde arriba sin piedad. ¿Les funciona? ¿Consiguen más ventas? Yo salí traumatizada, ¿cualquier otra chica habría comprado el vestido?

Según los hombres, mi cuerpo es estético. Tiene líneas curvas, redondeces (la redondez siempre es más amable a la vista que la rectitud), protuberancias. Además, lo decoro con adornos que hacen más atractivas las partes estratégicas (erógenas): las orejas, el cuello... Me perfumo para ocultar mi verdadero olor (y las feronomas sexuales) en los lugares donde más presión sanguínea hay. Cuello, pecho, muñecas.

Cuando tenía 15 años me vestía como un tío. No quería que nadie me clasificara antes como objeto sexual que como persona que piensa. Ya no me comporto así, pero sigo sintiendo la contradicción. Si me arreglo y me miran, ¿qué están viendo? ¿Están viendo una escultura, puramente estética, vacía de contenido? 

Anoche dormí pocas horas. Cuando me levanté, me miré al espejo y comprobé cuántas espinillas me habían nacido desde ayer, cuán hinchados estaban mis ojos, cómo de grandes eran mis ojeras. Antes de salir, me eché maquillaje y me di rímel en las pestañas. Quería contrarrestrar. 

Al volver de la compra sin compra, me senté delante del ordenador. Me he puesto a ver el documental Il corpo de la donne, un abrumador trabajo de dos periodistas italianos sobre el tratamiento estético del cuerpo femenino en la televisión.




Hombres y mujeres estamos hechos del mismo material sensible: el miedo. (¡Por dios, vivimos en un mundo donde nadie se soporta y aun así se crean macro-ciudades de millones de individuos que conviven juntos!).

Nuestro miedo a quedarnos solos, a que no nos quieran, a no ser aceptados. Hacemos todo sin preocupados por cómo nos vemos nosotros o los que nos quieren, sino por los pensamientos que tienen todos los demás. Nos cubrimos de maquillaje para ocultar la verdad. No sabemos nada de nosotros mismos. Sólo sabemos que aquel es idiota o el de más allá es simpático.

¿Nos conocemos? ¿Realmente sabemos quiénes somos?

Para los demás ¿es más importante mi cerebro o mi culo? Lo estético no es ético. Quiero decir, lo que valoramos como algo puramente estético, pocas veces le damos más valor que ese. Una magistrada de metro ochenta y curvas de infarto tiene que trabajar por dos para demostrar que es tan válida como un abogado hombre.

Siempre he sido una persona muy expresiva. Con mirarme, se puede intuir lo que siento. No hace falta un manual. Es fácil. Pero... ¿quiero esconderme? ¿Siento que soy más fuerte, más segura, si escondo mis debilidades? Sí, ¿no? ¿Quién no?

Y tengo miedo. No quiero ser una vieja operada y maquillada. Un producto. Una presa del estereotipo de la belleza actual. Un algo falso.

Tampoco quiero ser una uva pasa de tetas caídas y ojos enterrados por la piel de los párpados. 

Me gusta que me miren. Me siento menos yo (menos). Menos observadora. Menos analítica. Menos controladora. Me gusta que me vean guapa. Porque contrarresta cómo me veo yo. Pero no me gusta que verme guapa excluya otras cosas. 

Si un hombre se expone al escarnio público pueden decir de él que "es gilipollas". Que es "feo". Pero no oirás a nadie decir "a ese no melofo". No porque solamente exista el  neologismo-acrónimo "melafo". No "melofo". A eso hay que añadir que ese calificativo se usa para deslegitimar o rebajar el argumento de alguien que, casualmente, es siempre mujer. 

Como si la cualidad de follar o no follar a alguien estuviera en los demás, no en nosotros mismos.

No sé...
La verdad es que no sé

"¿Te caigo bien? Por favor, quiéreme".
DFW

6 comentarios:

Hakka dijo...

Me ha gustado mucho la entrada. Dices muchas cosas y en todas estoy de acuerdo

tormenta dijo...

Gracias, Hakka. A mí me ha gustado el podcast de Políticos e Internet que habéis hecho. Enhorabuena.

Sociedad de Diletantes, S.L. y Casilda García Archilla dijo...

En el probador de Zara ocurre lo mismo, y en el de otra tienda cuyo nombre no recuerdo. Ten por seguro que son estrategias de mrketing -detesto esta palabra-. Este post da para mucho decir y pensar. No puede ser, de ninguna manera, que nos impongan la manera de mirar nuestro cuerpo y de aceptarlo o no. No puede ser que seamos tan tontas de aceptar ese juego (muy serio, de intereses comerciales)

Carlos Fidalgo dijo...

Comparto unas caladas...

tormenta dijo...

Gracias, Casilda. Espero que esto no vaya a más... Se justifican tantas imágenes denigrantes en pos de la "liberación de la mujer"...

Sí, Carlos. Habrá que fumar.

Hakka dijo...

Gracias! (a lo del podcast :P)

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