21 de diciembre de 2013

Misterio y transparencia de la materia

Me veo intentando explicarle a la trabajadora de Correos a través del cristal que son las 13:12 pero que necesito con urgencia recoger un paquete. Ella me hace señas negativas y me invita a que me vaya. Yo sigo esperando, afuera, mirando el mostrador a través del cristal transparente y el reloj, de manera alterna. Espero a que este señora se apiade de mí y que por alguna razón, ya sea navideña o humana, me entregue el paquete que ayer no pude recoger por no llevar el móvil encima (con el código de recogida) y que hoy tampoco he podido recoger por llegar doce minutos después del cierre, sin saber que los sábados, incluso los sábados antes de Navidad, la oficina cierra a las 13:00 y no a las 13:30 o a las 14:00. 

Espero hasta las 13:44 en el frío de la mañana madrileña. La señora sale por la puerta lateral y me dice que no puedo recoger el paquete, que vuelva el lunes. Yo le suplico, le explico que me voy el domingo, que el lunes ya no estaré en Madrid y que NECESITO recoger el paquete hoy. Le explico lo de ayer, que ayer vine y sin móvil no me dieron nada, que hoy NECESITO recoger el paquete. Me expone excusas y excusas que terminan y empiezan con la palabra sistema. El sistema, el sistema informático, el sistema de Correos, nuestro sistema: el sistema. No es mi culpa, es el sistema.

Le digo casi gritando, mientras ya no me escucha y se mete en su coche blanco, pulcro, sin mirarme a la cara: no me puedo creer que lo abstracto, lo intangible, la distribución, valga más que la materia: que yo estoy aquí, que yo pido el paquete, que yo vine ayer y que yo soy materia y el paquete es materia y que yo soy identidad y el paquete también lo es. Eso no sirve, sirve lo abstracto, sirve el sistema, sirve la norma.

Ella se marchó y yo le deseé Feliz Navidad desde la lejanía, a voces. Me quedé quieta, mirando desorientada. ¿Qué hago? Había dejado en casa una serie de notas sobre el misterio y la transparencia de la materia para escribir este post y aquí estaba, prácticamente desnuda, esperando a algo que no iba a suceder.

Mi gata no me ha dejado dormir. Bueno, ayer me acosté más tarde en una escala de tarde a super tarde, muy tarde, demasiado tarde. Too much. No pude dormir bien, me despertaba cada rato, soñaba cosas inconexas, surrealistas, donde yo siempre estaba desnuda enfrente de gente que me examinaba, donde había aeropuertos y frío. En duermevela, a las 8:38 sentí una presencia y abrí los ojos: mi gata había subido a la cama. Estaba olisqueando mi almohada y me desperté de golpe. Mi gata había aprendido por fin a subir a mi cama por unas escaleras minúsculas que le han dado miedo desde el día uno.

Mi gata es completa materia transparente, es la vida pura: el deseo de Hegel, es la materialidad menos misteriosa que conozco. La bajé de la cama y bajé yo también, le puse comida y volví a subir. Ella lloraba como nunca antes. Al ver que iba a volver a intentar subir a la cama y que yo no iba a dormir de ninguna de las maneras porque iba a estar inquieta esperando que lo consiguiera de nuevo, volví a bajar a tranquilizarla, odiándola mucho, sabiendo que no se puede odiar a la materia transparente de ninguna de las maneras, porque se ve a través de ella y se sostiene con afecto y naturalidad. 

La abracé y decidí quedarme abajo. Monté el sofá-cama, alcancé el móvil, una almohada, cerré las cortinas, acerqué la estufa e intenté dormir. Volví a soñar con materias muy líquidas, en sueños que iban y venían desde la realidad hasta las narraciones más utópicas que jamás escribiré.

Hace dos días, el jueves, pasé 8 horas en la universidad y 1 hora en comisaría. El día anterior mi compañera Di Liu había sufrido un robo en la cafetería de la facultad, cuando todos estábamos comiendo. Nadie se dio cuenta. Ese día nos acercamos a la policía pero no se pudo interponer la denuncia porque Di necesitaba el pasaporte y el número de serie de todas las pertenencias que le habían robado de su mochila. 

El jueves, como digo, después de 4 horas de clase, volvimos a comisaría con toda la información necesaria. Llovía mares. Yo iba vestida con unas medias negras y unas botas. Luego solo iba con botas y con lluvia por todas partes. Llegamos Di, Cecilia y yo a comisaría empapadas, congestionadas, con frío y cansancio, sin comer... La policía nos informó que el sistema para gestionar las denuncias se había caído esa mañana y que no había manera de resolverlo ahora. Que volviéramos esa tarde. Que llamáramos para asegurarnos de que funcionaba. Nos marchamos, decepcionadas, todavía empapadas y yo sintiendo la vergüenza de un país cada vez más horrible.

Cuando íbamos a doblar la esquina, el policía que nos había atendido nos llamó con un gesto de mano. Nos acercamos de nuevo y nos señaló a un señor mayor. ¿Ustedes habían visto a este individuo antes?

No. No. No.

Tiene que enseñaros algo. 

El hombre balbució palabras que yo no entendí, mientras enseñaba su cartera y su DNI. Por un momento, pensé que había encontrado la cartera de Di y me sentí muy feliz. Por eso dije "¿Perdón?". 

- "Sí, perdón me vais a tener que pedir vosotras a mí".

El agente nos explica que este señor nos ha visto en comisaría y ha asegurado que hemos sido nosotras quienes le hemos robado dos décimos de lotería de Navidad y 70 céntimos de su cartera. 

Pausa.

¿En serio? ¿En serio puede estar pasando esto? Nosotras lo negamos. Cecilia dijo si quería que nos registraran. El agente dijo que no podía hacerlo. Que este señor estaba denunciando verbalmente un hurto y que teníamos que pasar dentro de comisaría.

Yo expliqué que éramos estudiantes. El anciano respondió: - "Sí, yo también estudio".

Nos tuvieron retenidas un buen rato, y nosotras nos mirábamos atónitas, sintiendo la indefensión más absoluta. Nos pasaron a una sala, donde nos pidieron los datos. "Yo me me he olvidado el teléfono en el salón", dice Cecilia. "A mí me han robado el DNI y el teléfono, por eso hemos venido a comisaría, y no puedo darte los datos", dice Di.

Al día siguiente, después de aquella historia que parece cada vez más rara y lejana (nos dejaron salir porque el anciano se marchó de comisaría por su propio pie), fui, como os conté, a Correos. Por el camino me encontré una montaña de cintas VHS al lado de un contenedor. Como era tarde, no me paré demasiado. A la vuelta, sin embargo, cogí otro camino y volví a encontrar un montón de películas y a un señor agachado. Le pregunté cómo podía estar tirando todo eso. Él contestó: "no, lo estoy recogiendo".

Empezamos a hacer arqueología de la basura juntos. El tipo era un cinéfilo de pro. Me pasaba las pelis clásicas (Pasolini, Hitchcock, Bertoluci) porque él las tenía más que vistas y me contaba cosas de su vida, de sus amigos muertos (tenía, extrañamente, muchos amigos muertos). Y por fin, encontró una película inencontrable. Una película que llevaba años buscando por todas partes.

La videoteca de alguien que murió se convirtió en el día de suerte de este señor de Lavapiés, periodista de revistas de decoración, amigo de Leopoldo Alas y de gente de alta alcurnia. Y me encantaba la pasión con la que hablaba de cine y de sus historias. Me habló de salvar la basura, de salvar el cine y de salvar la memoria. Me habló de una historia sobre una biblioteca encontrada. Otra vez materia: materia misteriosa y transparente. Iba en coche por Navacerrada y encontró un bulto en la cuneta. Se paró. Se bajó. Y encontró una biblioteca abandonada.

La trató igual que un animalillo a punto de morir y se puso a cuidarla. Pero lo peor llegó al cabo de un rato, cuando la biblioteca se le pareció demasiado a sí mismo: era como estar mirándome en un espejo, me dijo. Esas ediciones eran las mismas que yo había comprado en mi juventud; los clásicos, esas colecciones de los periódicos de entonces eran las mismas que yo había hecho. Esa persona estaba muerta y todo su legado había acabado en mis manos. Pero esa persona era una persona de mi edad, más o menos, con mis mismos gustos, una persona que había posado los ojos en los mismos ojos que yo: aquella biblioteca era mi propia muerte.


***

Ahora te hablo a ti, materia. Desearía serte tanto: desearía ser deseo, como mi gata. Deseo puro, vida, devenir, flujo. No ser materia sólida y mediada. No quiero seguir hablándole a una pantalla para imaginarte. 

Ayer hablabas de punto justo: de no hiperrepresentatividad. De no envolver más la materia, porque la materia es bella en su propia transparencia, en sus infinitas capas. Yo te hablo de esto: tú eres misterio y eres transparente. Eres igual que yo. Eres misterio porque eres materialidad, eres interior, eres identidad. Y eres transparencia porque a través de ti se puede ver cualquier cosa que yo quiera ver, por ejemplo, a mí misma.

Decía Hegel que para alcanzar el reconocimiento de los demás y, por tanto, nuestra propia autoconciencia, deseábamos comernos el mundo: hacer del mundo yo-mismo, deglutirlo, asimilarlo, matarlo. Como el niño que niega la vida porque desea un helado, como el gato que desea un tipo de comida y no otro. Una vez que el helado (vida) está comido, el niño ha alcanzado su deseo, lo ha integrado en su cuerpo y ha negado el mundo. Así, el niño se hace feliz.

Yo no te quiero comer, materia. Para qué. No resolveré tu misterio si te como. Tu materia se hará sólida y opaca dentro de mí, dejará de ser transparente. Lo que quiero es seguir viendo a través de ti. Quiero seguir dándole importancia a la materialidad y restándosela a la medialidad, al engaño. Al sistema, a lo abstracto. Quiero seguir siendo materia muy misteriosa y muy transparente, como una peli de Pasolini que está abandonada en la calle. Ojalá a ti te pase lo mismo.




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