24 de marzo de 2014

Cuando salí a correr y todos estaban viendo el partido, cuando ni Madrid ni Barcelona ganaron o cuando nada significa nada

Nada significa nada. Todo parece construir la metáfora, buscar el símil, crear significantes. Nada significa nada en realidad.

No puede significar nada, no tiene valor que me hayan dejado el Día Internacional de la Felicidad, que el Día de la Poesía fuera al día siguiente y que al siguiente consiga llegar al segundo puesto en un concurso de poesía que para mí era muy importante a nivel simbólico y emocional (en otro momento hubiera usado el verbo perder). Que tantas personas a mi alrededor hayan perdido a alguien querido estos días, que tanta muerte haya rondado, que me haya pasado un día entero vomitando. Que en realidad vomitar es no vomitar lo físico, solo es una metáfora, una construcción.

Esta semana también he salido en la revista Glamour, y gracias a ello he podido analizar una revista como esta con tranquilidad. Nunca me había parado a hacerlo. Casualmente, porque nada significa nada, hoy he leído un capítulo de Modernidad y posmodernidad dedicado a Simmel en el que se habla, entre otras cosas, de la moda.

Me está encantando este libro, aunque todavía vaya por la página 87, pero no sé evaluar si el estilo es ameno en general o yo lo siento así porque tengo muchos de los referentes ya en la cabeza, después de haber cursado la asignatura de Modernidad en el máster.

"(...) da poca importancia a los factores que Simmel ya había descrito en su ensayo sobre la exposición de Berlín, a saber, la producción de mercancías. Más bien, la moda se relaciona con la "naturaleza dualista" de lo humano, "las tendencias antagonistas de la vida", las tendencias duales "en el alma del individuo tanto como en la sociedad", "la tendencia psicológica hacia la imitación", y así sucesivamente. La moda misma es considerada como "un fenómeno universal en la historia de nuestra raza". (...) Dentro de la vida y su "realidad fragmentaria", es posible ver toda la historia de la sociedad como un compromiso dialéctico último entre dos tendencias: la adhesión y la absorción en un grupo social por un lado, y la diferenciación individual y distinción de los miembros de un grupo, por otro. Esta dualidad se "revela finalmente en formas biológicas como la oposición entre herencia y selección" (Simmel, 1923, p. 31). Los orígenes de la primera "manifestación social de estas contradicciones" radica en "la tendencia psicológica hacia la imitación". La segunda tendencia hacia "la diferenciación individual" se manifiesta en una clase distinta de personalidad, avanzando hacia atrás en lo dado y en el pasado, se orienta a la creación de algo para el futuro. De aquí que "la persona orientada a un fin sea el contrapunto de la persona imitativa". Estas dos tendencias constituyen "las precondiciones vivas de la moda como un fenómeno permanente en la historia de nuestra especie". 
"Por lo tanto, la moda manifiesta "la tendencia a la igualación social" tanto como la diferenciación social. Puede ser "fea" y sin embargo, "moderna", como si fuéramos "estéticamente bastante independientes" de su contenido, como si la moda "demostrase su completa indiferencia a las formas actuales de vida". En este sentido, la moda es abstracta: "esta abstracción de la moda, enraizada en su más profunda esencia y como "extrañada de la realidad" confiere un cierto caché estético de modernidad a áreas no estéticas, también desarrolladas en fenómenos históricos" (Simmel, 1923, p. 35). Pero, en contraste con sus orígenes más tempranos y personales "la invención de las modas en el presente período se incorpora cada vez más al mundo objetivo de las condiciones de la economía".  
En "Georg Simmel, primer sociólogo de la modernidad", David Frisby.
Capítulo 1 del libro Modernidad y posmodernidad, de Josep Picó

He leído el capítulo apuntando un montón de cosas en mi cuaderno, porque me ha sugerido tantas ideas que apenas me daba tiempo a procesarlas. De pronto he visto conexiones donde antes no las veía y he descubierto cosas que quizás ya sabía (al menos esa era mi sensación cuando las leía), pero que se expresaban de manera diferente y me hacían darme cuenta de que las estaba re-descubriendo.

Y lo que más deseaba era llamar al que fue mi novio y contarle todo lo que me estaba sugiriendo... Pero me he dado cuenta de que no puedo. Quizás esa es la diferencia sustancial entre él y yo: él escribía sobre mí porque estaba contento, enamorado, yo escribo sobre él porque me duele la pérdida. 

Pero me equivoco. No escribo por él, sino por mí. He salido a correr y no he pensado en nada. Estaba yo sola por las calles y todos los bares estaban llenos. Y no he pensado en metáforas. He escuchado una entrevista donde se habla de afrontar la muerte y de la meditación y todo me ha servido. Todo lo de este fin de semana me ha servido para algo. Todas las conversaciones, las sensaciones, el clima. Barcelona ha ganado, pero dentro de mí no ha ganado ninguna de las dos ciudades (en todo caso las dos perdieron: una por huir al verse enfrentado a antiguos traumas y otra por no cambiar de un día para otro su actitud ante la vida), como ninguno de los dos libros ha ganado, porque todo está abierto, porque, sin metáforas, sino desde la causa-efecto y la lógica, la pérdida no significa más que empezar. En este caso, empezar a buscarme a mí, que ya soy. 






17 de marzo de 2014

No sé construir una casa

"El habitante de las grandes ciudades vuelve a caer en un estado salvaje, es decir, en un estado de aislamiento. La sensación de estar necesariamente en relación con los otros, antes estimulada en forma continua por la necesidad, se embota poco a poco por el funcionamiento sin roces del mecanismo social. Cada perfeccionamiento de este mecanismo vuelve inútiles determinados actos, determinadas formas de un sentir". 
P. Valéry

La idea de una casa se me enquista.

Mi casa será la herida de mí o del mundo
ya no distingo
entre todas estas hojas perennes y las que caen en primavera

mi suelo
ya no está frío

no me puedo refugiar en él

mi corazón va demasiado rápido en mi casa
debo aprender a vivir con la arritmia de vivir

me faltan proteínas y ventanas
duermo siempre hasta muy tarde
vivo con la sensación de ser agredida
me duele la imposibilidad de estar viva

No sé construir más que la locura.



Jen Corace



12 de marzo de 2014

Quien dice sangre dice

Cada una de las tres mujeres se distingue por el trazo y el color. Y son unas voces que claman, que rezan desde el grito, que me hablan directamente a mí.

Tercera voz*

Hoy las universidades se emborrachan de primavera. / Mi vestido negro es un poco fúnebre: / demuestra mi seriedad. / Los libros que cargo aprietan mi costado. / Una vez tuve una herida vieja, pero ya está sanando. / Soñé con una isla, roja de gritos. / Fue un sueño, y no significa nada.

Cuando supe de este libro pensé que Sylvia Plath hablaba a través de tres voces de mujer, de tres mujeres diferentes. Cuando empecé a leerlo cambié de idea: tres mujeres hablan a través de Sylvia Plath. Son las voces múltiples que yo también distingo. Que muchas mujeres que conozco (con)tienen. Son las voces múltiples de colores, teñidas de política, de vida, de decisiones.

Dice la contraportada que este libro es un poema feminista y antibelicista. Ser madre. Ser madre como estigma, como obligación biológica, como completud del ser humano femenino. Sin llenar tu vientre de vida eres un saco sin grano, eres un libro sin letras, eres nuda vida y vacío. Eso nos dicen. Ser madre. Ser madre como lucha, como deseo en contra de la historia: ser madre y seguir siendo humana, no solo mujer que ha completado su designio. ¿Es posible? Ser madre. Ser madre y no saber ser madre. Ser madre y descubrir que ese hecho te impide saber quién eres.

Decidir: no seré madre. Si decido no ser madre nunca sabré si podría serlo. Quizás el útero estéril del que me acusan por decidir sea estéril realmente.

Segunda voz*

El mundo es de nieve, ahora. / No estoy en casa. / Qué blancas son estas sábanas. / Los rostros no tienen rasgos. / Son lisos e imposibles, como los rostros de mis hijos, / esos pequeños enfermos que eluden mis brazos. / Los demás niños tampoco me tocan: son terribles. / Tienen demasiados colores, demasiada vida. Nunca están quietos, / quietos, como el vacío que llevo en mí.

He tenido mis oportunidades. / Lo he intentado una y otra vez. / He cosido la vida a mí como un órgano extraño, / he avanzado cuidadosamente, precariamente, de manera inusual. / He intentado no pensar demasiado. He intentado ser natural. / He intentado ser ciega en el amor, como las otras mujeres, / ciega en la cama, con mi amante ciego, / sin buscar, en la densa oscuridad, un rostro ajeno.

No busqué. Pero el rostro siguió ahí, / el rostro del no nacido que amó su perfección, / el rostro del muerto que solo podía ser perfecto / en su simple paz, solo así ser sagrado. / Y entonces hubo otros rostros. Los rostros de las naciones, / gobiernos, parlamentos, sociedades, / los rostros sin rostro de los hombres importantes. 

Estos son los hombres que me inquietan: / ¡tienen tantos celos de todo aquello que no sea plano! / Son dioses envidiosos / que permitirán que el mundo entero se aplane con ellos. / Veo al Padre hablar con el Hijo. / Tanta pasividad debe ser sagrada. / "Déjanos crear un paraíso", dicen. / "Déjanos lavar y aplanar el relieve de estas almas". 

*Dos fragmentos de Tres mujeres (Nórdica libros, 2013) de Sylvia Plath. Ilustraciones de Anuska Allepuz y traducción de María Ramos.
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