3 de febrero de 2013

Anotando cielos y cielos y cielos

Anotando cielos y cielos y cielos.
Jorge Segarra

Völlig wolkig im Kopf
el chico que está sentado a mi lado en un café y que habla con su novia

"Wolkig ist ein schönes Wort", le dice ella.

Traducción:  totalmente nublado mentalmente
pero no es una expresión tan bonita. 

"Nublado es una palabra bonita", contesta ella.



Dicen que la mejor manera de olvidarse de que en Berlín no hay luz
es mirar siempre hacia el suelo.

Apunto el suelo, consecuentemente. 

Dudo de mis diarios.

Dudo de la luz.

El invierno está todavía húmedo  blanco oscuro  recién pintado


---

Einige sagen, dass die beste Weise zu vergessen, dass es kein Licht in Berlin gibt, ist es immer auf den Boden zu schauen.

Ich schreibe also den Boden auf. 

Ich stelle meine Tagebücher in Frage.

Ich stelle das Licht in Frage.

Der Winter ist immer noch freucht  dunkelweiß  frisch gestrichen


1 de febrero de 2013

Los niños-sombra

"¿Cómo podía yo conocer la verdad de las sombras si sólo eran sombras?", escribí con 17 años.

Hoy Alejandro Zambra me responde:


Me mostró sus dibujos recientes y sin embargo no aceptó que le leyera las primeras páginas de mi libro. Me miró con un gesto nuevo, un gesto que no puedo precisar.

Es impresionante que el rostro de una persona amada, el rostro de alguien con quien hemos vivido, a quien creemos conocer, tal vez el único rostro que seríamos capaces de describir, que hemos mirado durante años, desde una distancia mínima -es bello y en cierto modo terrible saber que incluso ese rostro puede liberar de pronto, imprevistamente (sic), gestos nuevos. Gestos que nunca antes habíamos visto. Gestos que acaso nunca volveremos a ver.

*

Entonces no sabíamos los nombres de los árboles o de los pájaros. No era necesario. Vivíamos con pocas palabras y era posible responder a todas las preguntas diciendo: no lo sé. No creíamos que eso fuera ignorancia. Lo llamábamos honestidad. Luego aprendimos, de a poco, los matices. Los nombres de los pájaros, de los ríos. Y decidimos que cualquier frase era mejor que el silencio.
Pero estoy contra la nostalgia.
No, no es cierto. Me gustaría estar contra la nostalgia. Dondequiera que mire hay alguien renovando votos con el pasado. Recordamos canciones que en realidad nunca nos gustaron, volvemos a ver a las primeras novias, a compañeros de curso que no nos simpatizaban, saludamos con los brazos abiertos a gente que repudiábamos.
Me asombra la facilidad con que olvidamos lo que sentíamos, lo que queríamos. La rapidez con que asumimos que ahora deseamos o sentimos algo distinto. Y a la vez queremos reírnos con las mismas bromas. Queremos, creemos ser de nuevo los niños bendecidos por la penumbra.

Formas de volver a casa
Alejandro Zambra


24 de enero de 2013

No tener tiempo para escribir, emigrar y la temperatura de los pájaros

Hablábamos de un tiempo en el que compartíamos un dialecto y nos inventábamos palabras en el idioma del otro y mirábamos la nieve

y vestíamos la nieve

y caminábamos por encima de las aguas nevadas

y nos resfriábamos
pero queríamos hacerlo

Los pájaros (mejor dicho, las aves), como los patos y las gaviotas que duermen encima del hielo, tienen una temperatura corporal de aproximadamente 40 ºC.

Nosotros estamos muy desnudos y nos inventamos palabras, aunque las palabras cada vez se nos van haciendo más cortas y no nos tapan y al final solo nos miramos y luego ya quizás ni siquiera nos miremos y tal vez me dejes y me dejes una carta unos meses después y tal vez reconozca en tu letra no que no te quise porque seguramente no lo hiciera, sino todo lo que hice bien y también todo lo que hice mal y que al final todo salió torcido y no pude hacer nada por evitarlo salvo

irme

y aprender a fondo tu lengua para hablarla sola

me pasó que,
ya ves, no fui suficiente raíz
me pasó que
dormí con la columna doblada
dormí sobre el frío
y regresé tantas veces a una casa:

un lugar con una cocina y una encimera y un té que se enfría y un reloj de pared:
no tener alguien que sea tu familia al otro lado de la frontera.

y eso es, al final, lo que los pájaros del invierno no tienen
cuando duermen con sus 40 grados centígrados debajo de las plumas
ni tenemos nosotros:

alguien en quien pensar cuando sobrevolamos europa
y regresamos a casa.

Francesca Woodman


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