1 de febrero de 2013

Los niños-sombra

"¿Cómo podía yo conocer la verdad de las sombras si sólo eran sombras?", escribí con 17 años.

Hoy Alejandro Zambra me responde:


Me mostró sus dibujos recientes y sin embargo no aceptó que le leyera las primeras páginas de mi libro. Me miró con un gesto nuevo, un gesto que no puedo precisar.

Es impresionante que el rostro de una persona amada, el rostro de alguien con quien hemos vivido, a quien creemos conocer, tal vez el único rostro que seríamos capaces de describir, que hemos mirado durante años, desde una distancia mínima -es bello y en cierto modo terrible saber que incluso ese rostro puede liberar de pronto, imprevistamente (sic), gestos nuevos. Gestos que nunca antes habíamos visto. Gestos que acaso nunca volveremos a ver.

*

Entonces no sabíamos los nombres de los árboles o de los pájaros. No era necesario. Vivíamos con pocas palabras y era posible responder a todas las preguntas diciendo: no lo sé. No creíamos que eso fuera ignorancia. Lo llamábamos honestidad. Luego aprendimos, de a poco, los matices. Los nombres de los pájaros, de los ríos. Y decidimos que cualquier frase era mejor que el silencio.
Pero estoy contra la nostalgia.
No, no es cierto. Me gustaría estar contra la nostalgia. Dondequiera que mire hay alguien renovando votos con el pasado. Recordamos canciones que en realidad nunca nos gustaron, volvemos a ver a las primeras novias, a compañeros de curso que no nos simpatizaban, saludamos con los brazos abiertos a gente que repudiábamos.
Me asombra la facilidad con que olvidamos lo que sentíamos, lo que queríamos. La rapidez con que asumimos que ahora deseamos o sentimos algo distinto. Y a la vez queremos reírnos con las mismas bromas. Queremos, creemos ser de nuevo los niños bendecidos por la penumbra.

Formas de volver a casa
Alejandro Zambra


24 de enero de 2013

No tener tiempo para escribir, emigrar y la temperatura de los pájaros

Hablábamos de un tiempo en el que compartíamos un dialecto y nos inventábamos palabras en el idioma del otro y mirábamos la nieve

y vestíamos la nieve

y caminábamos por encima de las aguas nevadas

y nos resfriábamos
pero queríamos hacerlo

Los pájaros (mejor dicho, las aves), como los patos y las gaviotas que duermen encima del hielo, tienen una temperatura corporal de aproximadamente 40 ºC.

Nosotros estamos muy desnudos y nos inventamos palabras, aunque las palabras cada vez se nos van haciendo más cortas y no nos tapan y al final solo nos miramos y luego ya quizás ni siquiera nos miremos y tal vez me dejes y me dejes una carta unos meses después y tal vez reconozca en tu letra no que no te quise porque seguramente no lo hiciera, sino todo lo que hice bien y también todo lo que hice mal y que al final todo salió torcido y no pude hacer nada por evitarlo salvo

irme

y aprender a fondo tu lengua para hablarla sola

me pasó que,
ya ves, no fui suficiente raíz
me pasó que
dormí con la columna doblada
dormí sobre el frío
y regresé tantas veces a una casa:

un lugar con una cocina y una encimera y un té que se enfría y un reloj de pared:
no tener alguien que sea tu familia al otro lado de la frontera.

y eso es, al final, lo que los pájaros del invierno no tienen
cuando duermen con sus 40 grados centígrados debajo de las plumas
ni tenemos nosotros:

alguien en quien pensar cuando sobrevolamos europa
y regresamos a casa.

Francesca Woodman


3 de enero de 2013

Lo que he aprendido y lo que no sobre las novelas familiares

Soñé que estaba viendo un filme con mi padre. (...) Un texto manuscrito seguía al anuncio: Nosotros somos todos parte de nuestro idioma; cuando uno de nosotros muere, muere también nuestro nombre y una parte pequeña pero significativa de nuestra lengua. Por esa razón, y porque no deseo empobrecerla, me he decidido a vivir hasta que nuevas palabras vengan. La firma al final del texto era ilegible y solo podían comprenderse las tres fechas que seguían a continuación: 1977, 2008 y 2010. Mi padre se volvía hacia mí y me decía: 2010 es 2008 sin 1977, y 1977 es 2010 al revés. No tenés nada que temer, y yo  le respondía: No tengo miedo, y mi padre volvía la vista a la pantalla del televisor y decía: Pero yo sí.

Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia





Estoy terminando El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron, y al final de este verano me leí La familia de mi padre, de Lolita Bosch. Con Lolita quería encontrar un referente moderno de escritor que aborda la historia de su familia. Ahora, escribo, (su ensayo literario-personal, por decirlo así) me dejó tal impresión que pensaba que leer el libro que lo originó tenía que ayudarme con mis propios fantasmas. El de Patricio lo cogí de la biblioteca sin saber siquiera que se trabaja de un relato familiar.

Yo llevo queriendo escribir sobre la historia de mi familia desde que empecé a querer ser escritora, es decir, desde niña. Hace cuatro o cinco años escribí un relato de unas veinte páginas sobre mi madre como trabajo final de la asignatura Composición Literaria. Entregué el manuscrito con más miedo por haberme desnudado que por suspender. Saqué un sobresaliente, pero sigo sin enseñarle a nadie ese relato por pudor. Leer a Didion (Noches azules, Mondadori, 2012) me hizo regresar tanto a mi relato como a Lolita Bosch, porque me recordaba mucho a ambos. Y después de leer a estos tres escritores me he parado a pensar en qué sé y qué no sé sobre escribir una novela (saga) familiar:

- Sé que todos heredamos algo: el cuerpo, una historia, la historia de nuestros padres y de nuestros abuelos, una conducta aprendida, una cultura, una moral. Un idioma.

- Sé que esa herencia es una responsabilidad nuestra a la que debemos enfrentarnos. Tenemos que aprender a saber qué hacemos con esa herencia. Y también sé que nunca sabremos quiénes somos si no encaramos la identidad de los que nos precedieron y asumimos sus errores. Que parte de nuestro aprendizaje vital pasa por rendirnos cuentas y rendirnos cuentas tiene que ver con saber de dónde venimos.

- Sé que no escribiré un relato como Didion porque creo que es injusto hacerlo así: no quiero escribir una saga familiar mirándome el ombligo, directamente desde mi punto de vista, derrotada, desesperanzada: esto es lo que hubo y estoy sola, estoy sola y es porque he heredado esto, sufro y soy vieja y no tengo nada y mira quién fui y mira quiénes fueron antes que yo y mira a quién crié y mira de dónde vengo porque yo parto de ahí. Y mira cuánto sufro. Y que sola estoy. Y qué vieja.

- Sé que quiero ser sincera (radicalmente sincera) como Lolita Bosch, como Patricio Pron y como Joan Didion. Sé que la única manera de abordar este tema es partir de la más diáfana sinceridad. Pero también sé que a ningún lector le interesa mi vida.

- Sé que no quiero sentimentalismos en mi novela.

- No sé si quiero una novela en primera persona. No sé si yo sería un buen personaje.

- No sé si quiero escribir una saga familiar de manera fragmentaria. Y con esto no me refiero a que no haya saltos, a que no haya flashbacks o a que no haya reflexiones. Con "fragmentaria" me refiero a errática, inconexa, pretendidamente posmoderna. A contar mis sueños, a contar escenas que no enlazaré con nada, a contar detalles no literarios, a hablar de más, a reproducir documentos de mis padres o cartas o manuscritos fallidos. Ya digo, repito, no sé si quiero escribirlo así.

- Sé que no me interesa la vida de Lolita o la de Didion o la de Pron, sé que lo que me interesa es la literatura. Me interesa también lo que de su vida es universal, es decir, mío. Me pregunto si es válido hablar de 1977 porque para el autor sea un año importante: si las cosas concretas a las que el autor le da vueltas una y otra vez (de manera fragmentaria) en su texto hasta convertirlas casi en satélites del argumento son interesantes para alguien más que él. Si esos datos y esas fechas y esa intrahistoria no sería mejor dejarlas fuera de la versión final del libro.

- No sé si quiero escribir el diario de escritura de la novela (mis dudas, de manera fragmentaria) dentro de la propia novela.

- No sé si la novela sobre mi familia es solamente un documento, un registro, como se pregunta a veces Lolita Bosch. No sé si la novela sobre mi familia (como documento o como literatura) le sirve a alguien más que a mí.

(Abajo, comentarios)
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