30 de diciembre de 2012

Para hacer de todo un signo: Cerrar un círculo. Una era. Yo soy el fin del mundo

La luz del norte me ponía triste y mi padre me decía “Pues no haberte ido”, y él me decía “¿Pero no querías irte? es precioso, no te vayas sin ver la aurora boreal, yo pasé dos meses sin ver la luz del sol”. (...) Podía ir a cualquier parte, me decía, eres feliz, eres feliz, y también soy deportada. Tenía el poder de mentir pero no lo hacía. Podía inventar cualquier parte de mi pasado porque iba a desaparecer, porque había desaparecido, pero no lo hacía. Me hablaban en mil acentos, pero todos me sonaban igual: quiéreme, estoy solo, soy extranjero. Todos éramos extranjeros excepto cuando bailábamos. Estoy aquí porque quiero o porque no me querían allí. “Nunca le preguntes a un hombre”, diría mi madre, “siempre miente”.

Emily Roberts


27-12-2012, Valladolid, hace dos siglos


Excepto cuando bailábamos. 

Y sí que bailábamos. Y he bailado creando una hoguera y he bailado dos noches dos días una tarde un antes un recuerdo con mi pasado que era un incendio y he bailado no con las sombras, sino con los niños y sus osamentas de ciervo, con sus voces de la adolescencia, con sus manos y sus caras retorcidas y aniñadas. Y aquí estoy. Tres días son tres años. Tres días tres niños tres inviernos y un verano muy frío. El verano de 2002 que se pareció al de 2005. Veo mi boca en el frío y es un pozo

lejos.

Que te lo recuerden. No recordar: anestesiar. Que alguien te recuerde.

Se tenía que cerrar el círculo y tenía que sonar una canción de manera casual por la radio mientras me alejo. Ahora tengo la capacidad de alejarme. Esta sensación de estar de pronto recibiendo lo que es mío. Se tenía que acabar el año para que no hiciera balance, para que el balance me hiciera a mí: dicen que el 22 se acabó una era. 

Hoy atravieso un llanto y la nieve cae:
 retrocede.

Yo soy hoy
el fin
del mundo.

Agua
agua
agua

síntoma.


15 de diciembre de 2012

Berlín no se acaba

Dos regalos de cumpleaños: un país

A I. y a U., madres y hermanas.

No sabemos si es la nieve la que está sucia
o nuestros zapatos.

Nos movemos como podemos
de Leopoldplatz a Warschauer Strasse
de Prenzlauer Allee a Rathaus Steglitz
todo lo rápido que nos permite
el cuerpo
enfundado en el invierno.

Andamos tambaleando
como si fuéramos extranjeras
en Tempelhof, recuperando nuestro carné de identidad
como si alguien tuviera nuestra identidad,
como si alguien, por casualidad,
la hubiera encontrado.

Volvemos a los lugares y los lugares no son nuestros
lo podemos leer en los carteles
y en todas partes nos delata nuestra manera de decir "Spanien"
nuestra manera de decir "wie bitte?".

No podemos pararnos
no podemos permitirnos parar;
aunque nadie en Friedrichstrasse pare un segundo 
y nos mire a los ojos
debemos continuar enterrando nuestros pies en el suelo.

- No llego, lo siento, tengo que coger un avión.
Y los aviones se despiden de nosotras
porque en realidad no pensamos que vivamos de verdad en esta ciudad.

Estar desnuda es ser de nieve
y nuestros pies limpian esa masa gris
que los demás pies han manchado.

No me mires así porque esté desnuda:
yo he sobrevivido ya a un invierno
y a un mundo que murió hace años luz.

He sobrevivido a mis propios pies
desnudos
cubiertos de polvo
y a mi tumba en este cuerpo:
una raíz poco profunda y un libro.

Los libros (los regalados, los merecidos y los encontrados) me recuerdan mi condición de pobre.
Un libro nuevo es un yo que se reconquista:
ahora por fin este territorio es mío.
Berlín pone su primera piedra en mí.

Mi cuerpo, de momento, es tierra,
es ese charco alrededor de la nieve.

El cielo está hoy ardiendo
como la luz al final del verano
y yo lo veo desde un lugar que sigue sin ser mío
por el que vuelvo a pasar
desde el S- Bahn.

No tengo nada en ese lugar,
en otros: tengo recuerdos.

+++

PD: Publico este poema con muchísima inseguridad y sabiendo que le daré mil vueltas más de las que ya le he dado.

10 de diciembre de 2012

Herzkrank

He tenido siempre el corazón pequeño y
también he tenido que aprender a respirar.




Foto de Laura Gasparella. 8.12.2012

23.

Una cita:

Cuando morimos somos muy pequeños. Tan desmemoriados que tenemos nuestro nombre en la punta de la lengua. No sabemos que la altura es la altura y tal vez caemos sin saber que caemos. El líquido que sale de la boca de un noruego al hablar, amortigua la gravedad. Ponemos atención a ese sonido que tal vez sólo dice buenos días o buenas tardes. Suena como el hielo quebrándose o como garzas al ocupar su árbol en la tarde. Suena como el obituario donde por fin sabemos cuál es el hilo que teje nuestra piel. Sabemos esto cuando ya no sirve para nada saberlo. Lo supo Poe, como quien conoce lo que mueven las migraciones. Unos pocos conocen de memoria los nombres de las flores de la estepa y las muchas maneras de decir nieve. Hay quien recita los nombres de lo triste. Hay quien conoce la diferencia entre la sal y el azúcar a simple vista. Estas son las cosas que sabes al caer: la textura de los minutos y todas sus ataduras. Los nudos entre la tarde y la mañana.

Valerie Mejer Caso
Geografías de Niebla
 



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...