31 de octubre de 2012

vivir en un piso compartido

he aprendido a vivir en pisos con pianos.
teclados, pianos de pared, pianos de cola, pianos electrónicos
que pueden rugir y ya están lejos.

he aprendido a habitar
a empezar a habitar lugares que no son los míos
desafinados
lugares con papel de pared y cabezas de venados
con pósters de madonna cuando era joven e ilustraciones de rastrillo second hand.

lugares compartidos
que yo comparto


he dormido alguna vez detrás de un piano (¿llegué a dormirme?)
para no tocarlo
porque no sé tocarlo, porque no sé cómo deberían tocarme
porque no tocarlo.

en el abismo de la edad difícil
busco algo
que paguen por mí
como una virgen
por ejemplo
busco algo algo más
como una desalmada
com
partirme.

este es un piso deshabitado y sin muebles,
ubicado al final de un largo pasillo
dentro de un patio de vecinos
en un barrio al nordeste de berlín.

y el olvido no significa paz.
y el lugar no significa nada.

vivir en un piso compartido
es saber que todas las mudanzas que has sufrido
son un poco parte de la hazaña de tu soledad
de tu preparación para un nuevo abandono, un nuevo adiós largo y lleno de cristales
que nos prepara, sin embargo, para otro nuevo,
y que dura años
como dice Javier Cánaves cuando lo leo, al final ha conseguido que también odie el blues, que no me gusten ya las habitaciones grandes y que sienta ternura por los apartamentos vacíos y los buzones sin nombres.

Su libro es un poco las afueras, los pisos de estudiantes, las primeras casa alquiladas de parejas jóvenes
las mismas calles y las mismas personas que conoces nuevas pero que son como las antiguas con más máscaras y con más arrugas
el papel de paredes que se rasgan con las uñas, de los cuartos sin ruido pero con poca luz de las capitales 
(sábanas sucias)
(sábanas rotas)
(frío)
del frío de la niebla alguna vez de los trenes que nos llevan hasta un punto que debería ser nuestra casa
y que sin embargo es nuestra casa.

***

Una vez más, la imagino al lado del piano, con la ropa alrededor de los pies, como la noche en que, yo totalmente vestido, toqué la sonata en do menor, una serenata a su desnudez en movimiento lento. (A veces se me presentaba en un sueño, indetificiada, como una espía, solo como "K.457"). "Esto es un metrónomo de cuarzo", le digo. "No es un objeto de forma triangular que tal vez hayas visto, con un péndulo que tiene una pequeña pesa y los números escritos ahí. Los números son los mismos que en el péndulo", y cuando se acerca para examinar el cuadrante, sus pechos se mueven para cubrirme la boca y ahogar, momentáneamente, la pedagogía... la pedagogía que con Consuelo es el mayor de mis poderes. Mi único poder. 

"Son números estandarizados", le digo. "Si giras esto hasta sesenta, los compases serán segundos. Sí, como los latidos del corazón. Déjame notar los latidos de tu corazón a través de la punta de la lengua". Ella me lo permite, como permite que suceda todo entre nosotros, sin comentario, casi sin complicidad. Le digo: "La verdad es que, antes de que se inventara, hacia 1812 (el antiguo, claro), en la partituras no había indicaciones de metrónomo. Lo que hacían en los tratados generales sobre el compás era sugerir que emplearas el latido del pulso como cierta clase de allegro. Decían: "Tómate el pulso y piensa que el compás es eso". Déjame que te tome el pulso con el capullo. Siéntate sobre mi polla, Consuelo, y juguemos con el tiempo. Ah, no es un allegro rápido, ¿verdad? En absoluto. Bueno, no hay ninguna pieza de Mozart con indicaciones de metrónomo, ¿y por qué?, ¿por qué es así? Recuerda que cuando Mozart murió...". Pero entonces experimento el orgasmo, la lección imaginada ha llegado a su final y, de momento, ya no estoy enfermo de deseo. ¿No fue Yeats quien lo dijo? "Consume mi corazón; enfermo de deseo / Y atado a un animal moribundo / No sabe lo que es". Yeats. Sí. "Prendido en esa música sensual", y así sucesivamente.


Philip Roth
El animal moribundo



25 de octubre de 2012

población flotante

Pasamos a llenar listas y pasamos por manos que al final olvidan nuestro tacto.
Quizás las manos ya lo saben. 

Comparto con vosotros este poema de Mercedes Cebrián, que me acompañó anoche antes de dormir.


Moderar los yacimientos 
ahora que nos quedaron las manos 
completamente libres, escribir 
en minúscula, gesticular lo mínimo
y cerrar una etapa: saber 
que la cerramos porque el nombre de etapa
se lo dimos nosotros. 
Gestionar las esclusas, repatriar 
el afecto desmesurado, entregárselo de ahora
en adelante a nuestros animales 
domésticos. Los gusanos acabarán siendo
expertos en nuestra anatomía, a ellos debemos
consultarles. No obstante, aún nos quedan
texturas por tocar: quizá la espuma, quizá 
algo que no raspe. Las manos ya
lo saben. 



No hemos de detenernos, acampar

en las conversaciones es un error 
que un día pagaremos con un picnic 
en medio del desierto. Ahora celebramos el final 
de lo numeroso. De eso se trataba: de añicos, 
de botellas vacías tras la fiesta, de reciclar
el vidrio. Es la supremacía de los números
primos, es una cremallera que ni sube 
ni baja, son garbanzos en remojo 
sin ninguna finalidad concreta. ¿Hay menos burbujas ahora 
que antes o a mí 
me lo parece? Ya no puedo firmar
donde me digan, 
ni diseñar proyectos, ni siquiera
engrosar una 
lista.

Mercedes Cebrián
Mercado común


17 de octubre de 2012

Y la vejez incendió mi memoria

Antonio Gamoneda perdió a Antonio Gamoneda y una biblioteca cuando era niño. Gamoneda entró a la memoria sin herencia. Empezó a leer y solo tenía un libro. No tenía herencia. No tenía padre. Sus libros no ardieron, sus libros solo eran los libros de su padre, que no estaba.




Vi una tempestad conducida por lamentos, flores endurecidas en su propia belleza y, en los desvanes, augurios sobre excremento de palomas.

Vi también madres blancas y cifras para la organización policial de la existencia.

Esto fue en la niñez. Más tarde,

bajo la niebla azul del metileno,

vi esferas en cuyo interior la crueldad es sagrada, la desnudez atormentada por imanes y los tumores industriales. Luego,

sentí los dientes del alcohol y la respiración de la tristeza.


Por sus cánulas descendieron los líquidos de la vejez, pero la vejez incendió mi memoria: vi aún la córnea del niño envenenado por su propia inocencia y los juguetes de los agonizantes,

vi la alcuza sin esperanza, la bocina que llora y la cafetera olvidada por una madre loca en la cercanía de las serpientes.



Dormía ante los espejos. En la profundidad del mercurio permanecerían la princesa ulcerada y el metrónomo enloquecido en la inmovilidad (era otra vez la infancia rodeada de vértigo).


Por fin,

vi las huellas de los animales concebidos en el llanto y las agujas que atraviesan los sueños.


He despertado. Ya

no veo más que las delicadas espátulas, tan útiles en la preparación de la agonía.

Antonio Gamoneda,
Arden las pérdidas (Tusquets, 2003)
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