18 de septiembre de 2012

Ciudad bajo la nieve

Bernd Markowsky. Berlín, 1986

***

Ciudad bajo la nieve

La mudez sosegada de la nieve
sigue cayendo,
mordaza de conciliación, violencia dulce.

Entre tanta paz fingida se diría es posible
desentenderse del mundo como cosa acabada
y abandonar mis días con un empujón suave.

Desde mi muerte a cachos, frangollada, erecta,
siento nostalgia de la buena muerte.

            Jorge Riechmann. 
Cuaderno de Berlín, 1989



La foto está sacada de este tumblr.

(canción)

17 de septiembre de 2012

La caja de Paul McCarthy


Me acerqué ayer por la mañana a la Neue Nationalgalerie de Berlín para ver, además de la exposición permanente, esta obra de Paul McCarthy llama The Box y explicada (en alemán) aquí.

La Neue Nationalgalerie es un edificio raro. Es de arquitectura (pos)moderna, como suelen ser los edificios de arte contemporáneo, asemejándose en esta planta baja a un aeropuerto vacío. Un espacio liso y acristalado que contiene hasta el 4 de noviembre una caja. Una enorme caja de madera que, al principio, no entendí muy bien qué venía a hacer ahí.

Como no estaba muy segura de si podía dar una vuelta (pero al parecer todo lo que esté en esa planta es de visita gratuita), bajé primero a ver la exposición permanente, que, sí, está en la planta sótano, junto a la cafetería, la tienda, los servicios y el guardarropa, y que es de pago (10 euros entrada ordinaria y 5 reducida -estudiantes, jubilados, etc.-).

Cuando acabé, subí de nuevo y vi que algunas personas estaban sentadas al otro lado de la caja. Sin llamar demasiado la atención, di la vuelta y me acerqué.



Algo así.


Lo primero que vi fue un cartel a un lado que advertía sobre entrar en la caja. Después me subí a unos altillos también de madera y me asomé. Asomarse no es entrar. Mirar no es tocar. Entender no es experimentar.

Era una habitación de trabajo, un estudio, con una puerta enfrente, con dos televisiones, rollos, estanterías, papeles, cajas, sillas, una mesa, una muñeca al fondo, un busto en primer plano, una escalera. Un puñado de cascos de ciclista abandonados en varios lugares diferentes. Todo había sido rotado, sin embargo, 90º. En la siguiente foto se aprecia un agujero en un "lado", que en realidad es el techo de la galería.


O sea, que todo debería verse así girando la cabeza:


Hay varias cosas que apuntar sobre esta obra. Una es que es una reproducción exacta del estudio de McCarthy en Pasadena (Los Ángeles, California), con objetos que, a pesar de ser los reales, tienen un exacerbado aspecto irreal, como de cartón-piedra. Me atrevo a apuntar las razones. La primera es la posición: nuestra lógica nos dice que los objetos están cuidadosamente pegados a la pared de la "caja" real, pero de tal manera que parece que están sobre un suelo "irreal". Y segundo, es la propia caja que las contiene un espacio limitado que limita también la realidad. Lo que está ahí dentro no pertenece al mundo exterior, solo tiene sentido ahí dentro.

Ese "hueco" que da al techo puede ser, quizá, el lugar que ocupaba una ventana en el estudio real, aventuro. Y aquí hay otra clave: esa ventana es la conexión entre el mundo cerrado en el trabaja McCarthy y que comparte y el espacio real donde estamos. Así, como una ventana.

Porque el sitio desde donde nosotros observamos el interior no puede considerarse una ventana. De hecho, por las fotos de más arriba, se ve extremadamente artificial. Violamos algo, aunque no sabemos qué. Y eso es porque el performer y artista estadounidense nos pone directamente encima de un dilema: vida pública vs. vida privada. Nos encontramos justo en la frontera incómoda entre el lugar que ocupamos (museo, otro no-lugar más) y el "lugar-objeto" que observamos y que intentamos experimentar.

***

Todas las fotos son de Teresa Köster y están sacadas de aquí.

12 de septiembre de 2012

Pero no os diré adónde

Hace unos cuantos años tenía dos obsesiones. Una es mentira, pero no os voy a decir cuál.


De niña leía muchos libros infantiles, como del Barco de Vapor y esas mierdas. Los libros me gustaban, claro, pero lo que hacía durante horas era mirar fijamente la foto del autor en la solapa. Leía el libro por completo, eso quiere decir que después de un par de meses me sabía de memoria la biografía de los autores, que también formaban parte de aquel objeto lleno de letras que me pertenecía. Filología hispánica. Profesor en un colegio. Cocinero. Autor de libros infantiles y juveniles. Jerez de la Frontera. 1965. Vigo. Periodista. Compagina su labor de librero con el de repartidor de flores a domicilio. 1972. Padre de dos hijos. Premio literatura joven 1997. Etcétera. Etcétera. 

Bueno, como digo, miraba fijamente la cara de aquellos señores. Intentaba a través de su gesto y de sus vidas concretas averiguar cómo se hacía para escribir un libro (así, en general) y cómo habían (ellos, en particular) llegado a publicarlo. De verdad, esperaba que sus ojos me transmitieran algo. Algo verdadero, algo a lo que atenerme. 

Aquello de "filología hispánica" sonaba tremendamente aburrido. Ni siquiera entendía lo que significaba. Y por más que intentaba figurármelo, no era capaz de ver cómo alguien que escribía un libro se podía poner en contacto con alguien que lo publicara. Tampoco tenía a nadie a quien preguntar ni conocía a nadie que le interesara la literatura (ni cómo se hacía para conocer a alguien que sí), así que me limitaba a los ojos de esos señores y a seguir leyendo. 

Los libros, por supuesto, eran solo una parte de mi vida. Yo vivía con mis padres en un piso no muy grande. No tenía hermanos. Sí, algunos vecinos y primos jugaban conmigo a menudo. Pero la mayor parte del tiempo lo pasaba jugando sola. Me pasé años pidiendo un hermanito o un gato. Desde la perspectiva de un adulto puede verse bastante egoísta, pero en verdad no lo(s) quería para que jugaran conmigo, sino para que yo pudiera jugar con ellos. Al gato, por ejemplo, que siempre fue una idea fija desde que tengo uso de razón, le concedía una independencia inimaginable para un crío. Solo quería que existiera, que fuera una posibilidad que contradijera la nada. 

Con los Pinypon, las Barbies o las Barriguitas me imaginaba siempre historias, por eso a veces hablaba en alto. No era porque estuviera loca (está aún por confirmar), es que estaba creando los diálogos a través de mi voz. Incluso con algunos coches que tenía hacía lo mismo o con mis mariquitas de papel.

Una vez me regalaron unos libros protagonizados por animalitos antropomóficos. Cada libro (eran cuatro) estaba protagonizado por un animal y en cada uno enseñaban una cosa distinta: los números, las estaciones, etcétera.

Cuando ya era demasiado mayor para interesarme por la simpleza de sus contenidos, copié las caras de los animales en un papel y les hice un cuerpo humano a la medida. Los pinté. Luego volví a copiar algunas caras para hacer más personajes de la misma especie, salvo que con ligeras diferencias. Por ejemplo, hice una pareja de ositos y otra de gatitos, y también otra osita diferente que era un poco más gorda que la original y que usaba gafas. Con el tiempo confeccioné otros animales que no estaban en esos libros, como una rana o un elefante. 

Por vergüenza no lo haré, pero podría reproducir aquí el nombre de cada uno de los personajes. Eran bidimensionales y no tenían hábitat alguno salvo la superficie lisa de la mesa de la cocina. Allí jugaba con ellos. También en el suelo. El suelo siempre me ha atraído inexplicablemente. La diversión era la historia que yo creaba, nada estaba elaborado, todo era posible. Aunque, claro, desde el primer momento, los personajes que mejor dibujados y pintados me quedaron se convirtieron en mis preferidos. A ellos siempre les reservaba los líos más inverosímiles y los desenlaces más benévolos.

Lo curioso que hoy encuentro en este juego es que la vida de aquellos personajes no se moría al guardarlos en la caja de cartón. Al contrario, la siguiente vez que los usaba, que podía ser después de una semana o un mes, los personajes se desarrollaban desde el punto que los había dejado anteriormente. Lo que estaba creando era una historia entera en capítulos, por así decirlo. La historia era verdadera y los personajes de papel tenían memoria, guardaban recuerdos, eran seres vivos.

Creo que fue desde entonces, desde la niñez, cuando yo misma me creaba mis propios juguetes (no por pobreza, sino por el aburrimiento que me producían los juguetes ya imaginados por otros, donde mi margen de maniobra estaba dictado por las reglas de unos folios cuadrados unidos por grapas), digo, creo que fue desde aquel momento que empecé a tener un cariño especial por los objetos que me pertenecían.

Si le digo a alguien todo lo que me traje de España a mi año Erasmus probablemente me tomen por una materialista descerebrada. Y probablemente sea materialista. Les concedo a los objetos un estatus especial: los objetos que me han pertenecido, que, de alguna manera, yo he creado al tener  conmigo no pueden ser simples desperdicios. Y, por supuesto, no tienen sustitutos. Tienen dignidad. Y tienen recuerdos, como mis muñequitos salvajes con forma humana.

En realidad no quería contaros todo esto, pero me he ido por las ramas. Lo que quería era explicaros mi otra obsesión.

De adolescente, antes de abrir este blog, la necesidad de comunicación me producía cerrazón de estómago y dolores de cabeza. No quiero que os equivoquéis, no tengo necesidad alguna de que desconocidos me observen por dentro sin mi consentimiento explícito. No tengo ni necesidad ni ganas. 

Más bien tenía este blog para dejar mis entrañas al aire de manera metafórica. No por diversión o por curiosidad, sino por pura necesidad orgánica. Mis entrañas siempre han estado muy adentro, empujadas por el clima o los factores externos, aprisionadas, con poco aire. 



Bien, llevo unos meses planteándome cerrar este blog. Después de Epidermia, después de mi año Erasmus, después de dar de narices contra la realidad mil veces creo que ya no tengo nada que decir o que no le interesa a nadie. Quizás sí sienta que tengo algo que decir, pero no aquí. Que este blog lo tengo que alimentar por cierto grado de popularidad que debo conservar en la cabeza de alguien o por continuidad o por rutina o por sacrificio. La verdad es que las visitas desde el año pasado han bajado considerablemente. Los comentarios brillan por su ausencia, como podéis comprobar. También mis ganas de exponerme han decrecido. 

De hecho, no tengo nada de ganas de hacerlo precisamente porque hay gente a la que no quiero dejarle mis entrañas en bandeja. Parece una tontería, pero mi inconsciente funciona así: se esconde. O simplemente, quizás, tengo miedo de que me hagan daño. Porque no podría escribir mentira. No podría empezar aquí una obra de ficción. A partir de todo lo que ya sabéis de mí.

Este blog dejó de tener sentido cuando ciertas personas dejaron de leerlo porque ya no lo encontraban interesante y eran esas personas las que lo llenaban de sentido. ¿Sabéis? La mayor parte del tiempo yo tampoco me encuentro interesante. La mayor parte del tiempo me encuentro insoportable, una carga, un saco de preguntas y un abismo. La mayor parte de las veces me encuentro abismo y arrastro a todos a mi paso. 

Pero eso es un quejido, eso no es una obsesión.

En realidad necesito retomar la sinceridad. Antes la tenía porque partía de la metáfora y del inconsciente, y porque sabía que habría alguien que leería entre líneas o directamente de mi estómago, pero ahora tengo que demostrarle no sé qué a no sé quién y me siento atada. Me siento extremadamente pequeña en esta ciudad tan grande. En esta blogosfera que me engulle y en la que debo ¿competir? Me siento extremadamente pequeña con mis huesos y mis entrañas. Y, sin embargo, siempre he necesitado sacarlo todo, porque así es como soy yo.

¿Por qué ahora no? ¿Por qué ahora no quiero ser sincera? 

¿Qué utilidad le doy a este retales? ¿Qué puedo hacer más que irme, cerrarlo y buscarme?

Bueno, en fin, creo que si pudiera descolgar el teléfono y llamar a alguien para contarle todo esto probablemente no lo habría acabado escribiendo aquí, pero eso es carne de otro post.




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