27 de agosto de 2012

Oscuro por una vez



Mentiría si pudiera. Mentiría como el viento, cambiante. No quedarme en un lugar, no quedarme en nadie.

¿Esta luz también miente? Miente el color del cielo, el color de los objetos, que no es una cualidad inherente, que es, qué es. Miente el cuarto de luna, la luna menguante, la luna nueva que debería ser luna ausente.

Todo oscuro. Oscuro por una vez.

Un lugar que pese, no como la luna, como el viento, como los paquetes que enviamos a casa cuando nos mudamos. Una piedra, una palabra, un astro que se sostenga, gravedad, peso. Una casa. La casa de tu infancia. Tu casa, la casa de tus padres, el lugar en el que orbitar. La casa de luces apagadas.

¿Es superficial esta ciudad? Su moda, la ropa que ahora es tan importante, la apariencia, la ropa de segunda mano, Mauerpark, Garage, las tiendas, los puestos de ropa vintage. ¿Es superficial este lugar cambiante: mañana, tarde, noche? ¿La gente? ¿Los vecinos? ¿Los estudiantes Erasmus?

Es que Berlín no existe. El estilo no existe: no es más que copias de otras copias y ciclos de copias que acaban y mueren y luego reaparecen. Es que nada cambia, todo muere. ¿O era al revés?

¿Soy superficial porque no quede nada en mí? No un anillo, un colgante, no una piedra, no un trozo de cemento, de tierra. ¿Soy superficial porque no haya nada dentro? ¿Por no estar dentro? Un amigo, un amigo, una amiga, un pasado, un grupo, una fiesta de despedida, algo.

Un nadie que llorará. Un nadie que no se queda, otra autopista más, transitada, un no-lugar. La pista de aterrizaje de un aeropuerto. Las ruedas que se despliegan. Rodar.

Haber retenido un lugar un rostro un pedazo de uno asir algo saber algo de una poseer.

Un trozo de tierra donde vivir, un hueco, la ausencia: un trozo de tierra, un hueco de tierra, más bien, una ausencia de tierra, no tierra, un hoyo, donde alguien, un alguien, un rostro que no sé, quién sabe, esparcirá algo, la capa de piel, qué es, el resto de cuerpo, la materia pura, el resto del resto, tierra sobre tierra: ceniza.





14 de agosto de 2012

Los recuerdos de una

Pi.
Pi.

Los recuerdos de una sola.

Noche

vez

despedida.


Los recuerdos amontonados.

Pi Pi pi-pi-pi

pipipipipippíiiiiii.


6:30

Llevo bebiendo vino desde el miércoles pasado y aun así y por eso tengo pesadillas.

Imagino gentes que conozco que se transforman en seres extraños de bocas enormes de dientes afilados y pieles de escamas si me concentro y los miro fijamente

Y luego sueño, dios, y cuánto prefiero los recuerdos,
como los de esta noche

cuando un chico me invitaba a fumar, aunque yo, aunque ambos sabíamos cómo funciona el flirteo y ninguno de los dos tenía ganas de poner demasiado empeño en disimular

cuánto prefiero los recuerdos
como hoy: ver las estrellas de Berlín cuando todavía es verano aunque hace frío, ver todo el cielo manchado de lucecitas sin más. Porque sí, ellas brillan, nadie las mira. Y luego buscarle razón a todo.

Ver toda esa luz lejana atenuada por luz artificial. Recordar.

Ese recuerdo es solo mío.

Solo yo podré tener tu recuerdo dentro de mí*.

Los recuerdos de una.

Hier kommt eine, dicen.

Una, mejor que las pesadillas. Dicen así.


*Epidermia (El Gaviero Ediciones, 2011).

7 de agosto de 2012

Y todo lo ya dicho sobre mí ellas vosotras.

fumando




Mujeres

No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillajes y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.
Resurrección
Manuel Vilas
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...