16 de octubre de 2011

13 de octubre de 2011

Memorial

Doch uns ist gegeben,
auf keiner Stätte zu ruhn,
es schwinden, es fallen
die leidenden Menschen
blindlings von einer
Stunde zur andern,
wie Wasser von Klippe
zu Klippe geworfen,
Jahr lang ins Ungewisse hinab.
---
Pero a nosotros no se nos otorga
el reposar en parte alguna;
se precipitan y desaparacen
los hombres llenos de dolor,
ciegamente, desde una
hora a la que le sigue,
como agua de peñasco
en peñasco arrojada,
a través de los años, a lo incierto.

Friedrich Hölderlin


Vivo en la habitación 22. Las marcas de las paredes son de la anterior inquilina. Mi compañera de piso me cuenta que estaba loca. Hablaba sola, se quedaba encerrada durante días, arañaba las paredes. 

Cometo el error de abrir las ventanas. No hay persianas en este país al otro lado del miedo. Toda la luz natural proviene del mismo bosque que recorre las calles. Hay bosques que se meten por las ventanas abiertas y bosques que crecen en las telas de araña. 

Hay una estación cerca de mi casa. La estación Park Sanssouci. La voz de mujer que anuncia la parada habla en clave. Yo la entiendo, porque ambas hablamos un idioma que no es de nadie. 

Y hay demasiados trenes, demasiados nombres para demoninar la palabra "tren" y muy pocos para decir "amor". Los trenes recorren coordenadas. Las vías son venas de acero que sacude el tiempo.

La Hauptbahnhof de Berlín es translúcida y los trenes son ascensores inalcanzables que se cruzan suspendidos en el aire. Quizá vuelen.

Me paseo por el Memorial del Holocausto y voy bajando al origen del silencio, miro los restos del Muro, dejo caer ciertas lágrimas al pasar por debajo de la puerta de Brandenburgo. En Berlín no había un muro, sino dos. Yo vivo en ese espacio intermedio, en esa tierra de nadie, entre uno y otro, en la habitación 22.

A veces pienso, porque en todos los lugares hay fantasmas y no hay lengua ni país que deje marchar libremente las cenizas. Me acuerdo de alguien. Me acuerdo de alguien y le hablo en clave sin decir ni una sola palabra. 

Tengo hambre.

No hablo sola porque no hay nada que decir. Todo está tan claro que da miedo pronunciar las diéresis, abrir la glotis, cerrar los párpados. Y simplemente llegar. Ya no araño las paredes, comparto paredes con las arañas. Las putas consonantes locas imposibles son mis amigas. Nada de cuerdas vocales.

Todos nacimos en silencio
                       de la boca de la locura.


Vivo eternamente en una habitación 22, no importa a dónde vaya, vengo de la locura, continúo en un manicomio, procuro no abrir las ventanas y hago por despertarme muy temprano, cuando el sol atraviesa el bosque. Cuando la luz aún no hace daño.

6 de octubre de 2011

Siamesas necesarias

Retrato y montaje de Ángel García Arribas

Los bebés lloran y ríen en un idioma que pocos comprenden. Aprendemos desde entonces un idioma que crece con los árboles, el idioma silencioso de la culpa y los helechos. Aprendemos a esquivarnos en los ojos y en los gestos despistados. A huir perdiendo pelo. A encontrar hojas sueltas. Discos descatalogados y conexiones fallidas. Sms.

Quizá todas las personas dentro de mí son tan parecidas entre sí que me dan miedo. Me da miedo vivir en una calle que es un bosque. Vivo en medio de un bosque sin farolas y las noches son hermanas gemelas que comparten útero oscuro y las tardes son el estómago de ballenas que rompen las olas en alta mar.

Mañana la rutina crecerá en la espesura. Mis órganos serán más blancos.

Quizás aprenda algún idioma que no es de nadie.

***

El colectivo Arañados Signos expone en el centro cívico bailarín Vicente Escudero de Valladolid (C/ Travesía de la Verbena, 1) obras plásticas bajo el lema La lenta enfermedad del tiempo hasta el día 17 de este mes. Uno de artistas del colectivo es Ángel García Arribas, que expondrá dos obras (una de ellas la que veis arriba y otra de Eva Villavieja): Siamesas necesarias 1 y 2, que irán acompañadas del texto de Manuel Vilas "Coma mucha fruta".
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