28 de agosto de 2011

Versión 2

el cuerpo vive resignado en la distancia y el deterioro.
el cuerpo: suciedad y sexo, escasez, impasividad.

el cuerpo, tan inhabitable, la nueva alma.

Pouring rain in Dublin


Quien ha visto llegar una tormenta,
ya conoce mi vida.

En un segundo
cambia la luz,
la arena huele a barcos mojados;
el viento abre ventanas
y dilata los bosques;
las espigas
son arrecifes de coral
y el aire
se extiende por la piel
como un aceite dulce
, perfumado.

Quien ha visto acabar una tormenta,
ya conoce mi vida.

En un instante
todo se oscurece,
se sofoca,
se extingue,
lo mismo que una flor quemada por el hielo;
la lluvia fue mercurio,
y ahora es sangre a los pies de las estatuas
;
vuelve a salir el sol,
tenaz
y débil,
como la madreselva entre las ruinas.

Así es
como ha ocurrido
y es tan fácil contarlo,
tan fácil
de entender:
quien alguna vez supo mirar una tormenta
conoce nuestra historia.


Tormentas
Benjamín Prado.

26 de agosto de 2011

La parte más enferma del camino


Hoy casi vomité tus imágenes sangrantes que se esconden en mi cuerpo. Hoy casi vomité imágenes sobre tu cuerpo en las imágenes tuyas que se crean en los charcos.
  Hoy casi.
...
          Sentirme enferma es el curso natural de los acontecimientos, creo. El siguiente paso para echarte fuera, creo. No lo sé, desconozco el proceso de tu olvido.

Bueno, aún no padezco enfermedad grave alguna. Amagos de enfermedad, quizás, como luces que cimbrean en el día o farolas que se apagan cuando aún no ha nacido el sol.

Hoy casi vomité en todas las cosas que proceden de ti y de todos tus yoes y en todas las cosas que todavía están conmigo y que siguen siendo tuyas. Hoy casi eché fuera palabras que te pertenecen o que pertenecen ya únicamente a los libros.

  Iba a empezar a contar una historia que conoces. Y, entonces, la náusea. Entonces, sin más.


El quimo traspasó mi esófago y entró de nuevo.



22 de agosto de 2011

Marineros

Los cuervos se parecen a las gaviotas. Anidan en los campos, en Phoenix Park, en las afueras y en el corazón del viejo Dublín. Caminan al lado de los turistas más perdidos.

Hay marineros aquí. Todos cogen el tranvía que lleva hasta The Point. Todos llevan tatuajes de marinero y miradas infinítamente azules. 

Siento el mar, porque me he hecho una herida en la rodilla y los panties se me pegan a la sangre. El mar tiene ese sabor a herida. El mar sabe a sudor de sueños raros. El mar tiene esos recuerdos: despertarse todos los días a las 6 de la mañana (una hora menos en esta isla) con la misma pesadilla de aguas estancadas y aceite de coche y neumáticos relamidos por el tiempo y bolsas del plástico debajo de un puente que cruza Fairview Road.

Atardece en mi habitación de esta ciudad. Mi habitación de dos camas. Mi habitación sin espejos. Los relojes conservan el huso horario español. Son días azules sin espejos: días de hambre. Aquí mi cara. Aquí mi acento español. Aquí mi herida. Aquí mi estómago vacío. Aquí, nada: arañas de mil patas, compañeras de cuarto sin espejos.

El mar está muy cerca de esta casa. La costa, las gaviotas, los perros corriendo en la bahía. El mar está muy cerca, pero no oigo las olas. Todos parecen ignorar el mar. Todos parecen olvidar que habitamos islas. 

Solo oigo el frío al atardecer acercándoseme por la espalda. El frío inundado en sudor que me despierta (siempre) a la misma hora (siempre) cada noche. El frío de Dublín, tan lejano. Tan otro.





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