10 de agosto de 2011

El verano más frío desde 2002



Idéntica a mí misma. Eso es lo que dice Ester Folgueral que soy. Leeré con ella a Chantal Maillard. Mañana, en la tetería Kokoro (C/ República Argentina, 1, Ponferrada) a las 21.00 horas. En cierto modo, nunca me he parecido más a todo lo que soy que ahora mismo. Escribir, escribir, escribir.

Sin embargo, hoy eres un buen momento para morirme. Lo pienso, de verdad. Me lo preguntan. Eso dice F. F. Casanova en su último poema antes de, efectivamente, morir. Algo de (co)razón tenía. Aquí lo cuento.

He estado haciendo las maletas. La maleta, porque solo hay una. La enorme maleta donde cabe una niña o un cadáver. Me voy en unos días. Volveré al lugar al que nunca fui contigo. Con él y, en realidad, con todos. Y allí, recordaré lo que nunca vivimos.

Ayer Emily Roberts colgó un enlace en Facebook. Pablo Honey, de Radiohead. Lo escucho y me molesta la garganta al tragar silencio, mi cabeza, sondeada por voces, me duele de tanto silencio. Y las mejillas.

Mientras todo eso ocurre, silencio. Un silencio como de ritual sagrado o de averno. Un silencio que, después de todo, ha sido lo mejor que hemos hecho juntos. Es tan retóricamente perfecto este silencio, ¿no te das cuenta?

Joder, es imposible salir de él. 

He vuelto a una piel que ya conozco. Es una piel de niña. Una piel deshabitada de niña triste o de payaso triste. Una piel llena de llagas y de eccemas. Costras de imágenes que vuelven y revuelven TODO. Un espectáculo de estigmas.

Pronto estaré abandonada al sentimentalismo más puro. Seré, ante otros ojos, lo débil, lo inmóvil, lo inmanente, lo femenino. Volveré al sufrimiento, que es un lugar muy cómodo que siempre acoge a quien pierde todo asilo. Volveré a la autocompasión, que es el único lugar. Al semblante serio. A la hipersensibilidad. Al desastre.

Sí, es la ruta fácil: el semblante serio, la irritablidad, el desprecio absoluto por todo lo que he hecho o haré. El tiempo no importa. Los insultos no importan: ayudan.

Es el silencio. Un silencio tan elocuente. Un silencio que habla de posibilidades estériles. El teléfono habla de rabia, de ahogo, de soledad, de maldad, de crueldad, de indiferencia. Ya sabes, no puedes salvar a alguien de sí mismo.

Mi viaje empieza. Empieza y acaba en el mismo no-lugar. Es un viaje que emprendí para encontrarme. O encontrar los restos de mí que han sobrevivido. Suponía, hace tiempo, que me ayudarías. Que lo haríamos juntos. He entendido todo. Bueno, he entendido tus odios más profundos hacia mí. Ese querer buscarme, que te hacía tan pequeño. Esa frustración por encontrar tu individualidad al lado de alguien tan perdido. Si hubiera posibilidad de que habláramos, verías como lo he entendido todo: esa culpa, esa contradicción entre quererme y ser tú.

Ahora sé el silencio. Sé algo. Sé algo sobre todo este asunto: lo que no quiero en mi vida: yo.

Bueno, leo en público mañana. Procuraré habitar honradamente el silencio.

Hasta entonces,

S.

7 de agosto de 2011

(...)

El cuerpo huye.
El cuer( )o que no duerme huye de su casa.
El cuerpo, que no duerme, huye de la casa habitada por un padre que lo llama inútil.
El cuerpo que no huye resulta tan inútil.
El cuerpo que no huye de la vigilia despierta agujereado. Los insectos se ríen del cuerpo y se alimentan de él cuando duerme.
El cuerpo huye y una mano del cuerpo sostiene un móvil.
El cuerpo es como un domingo de agosto.
El mes de agosto parece domingo: un lugar desagradable de descanso.
El cuerpo es un lugar desagradable que se adelanta al siguiente día, a la siguiente magulladura, a la siguiente desolación.
El cuerpo es una tumba. 
El cuerpo es inútil.

hoy.

4 de agosto de 2011

Horas Muertas


Sueño las horas muertas.
                  Curo las horas difuntas como se curan los niños huérfanos que preguntan de noche desconsolados cuándo volverá su madre.

Mi vida está ardiendo en esas horas muertas, las horas que se refugian en el espacio estrecho de otras horas más felices.

Sueño las horas muertas.
Un anciano loco lleva un libro abierto y cruza un puente. Me mira a los ojos y me pregunta si tengo hora. Señala mi reloj de pulsera, con la esfera partida por una esquina.

Un anciano loco tiene miedo de una chica que sostiene su mirada de loco mientras cruza un puente. Un loco me pregunta si tengo alguna hora en mí y no la tengo y nos miramos como dos hermanos desconocidos separados al nacer de la misma madre muerta. Nos miramos a los ojos brevemente. Cuál es la hora más muerta. Qué especie de loco. Qué loco pregunta la hora.

Sueño con mis horas muertas. Mías o del gas abierto en la cocina. Mías o de la bañera rebosante. De nadie o de nada o de la tableta de Lorazepam tan sedante, tan complaciente, tan humana.

              Sueño que duermo y se precipita el tiempo por un desagüe. Sueño muerte. Sueño una hora inútil, una hora.

Sueño de un sueño aburrido de bregar con la nada. Estoy aburrida de luchar simbólicamente y nada. De acabar mentalmente en la misma ventana tapiada de la última vez y otra vez nada. De camuflar mis ganas de soñar sendantes maldiciones de árboles huecos y nadas.

Sueño horas muertas. Hijos muertos. Madres que no vuelven de la fábrica. Hombres rendidos que abandonan sus quimeras. Sueño guerras que cavan con la furia de los hijos las tumbas insidiosas de sus nietos.
Si yo me fuera como las horas. 
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