18 de julio de 2011

Y fueron felices

 

Si me quedara aquí, con las sandalias rotas de caminar, en un mediodía cualquiera de julio, sentada bajo el balcón de un cuartel abandonado...
Si me quedara aquí, en la quietud de mi vida, en mi vida, en esta ciudad... 

Si mi móvil estuviera apagado...

No sabrías nunca que estoy perdida. Y que mis zapatos se han roto.

Cuando tenía pesadillas, me quedaba siempre despierta, me acercaba y te ronroneaba al oído. Tú seguías dormido y me abrazabas con la inercia de tu cuerpo cálido, de tu cuerpo-brasa, de tu cuerpo-hogar.

Estaba tan a salvo. No había monstruos más allá de nuestras pieles quemadas. Todo lo ocupaban tus brazos y tu pecho y yo era una niña-gata con muchos miedos. He tenido una pesadilla, amor, he soñado que no estabas. 
Nunca te dejaré, ¿me oyes?

La vida estallará en mi frente, eclosionará como las flores silvestres, como las crisálidas. Color malva. Nomeolvides.

Esta cama extraña exenta de ángel y luna. No hay retratos de desnudos femeninos. No hay sexo de madrugada ni conversaciones eternas ni cigarrillos compartidos. No hay restos de discusiones caníbales. Ni dolores punzantes acompañados de caricias. 

Migrañas y dos o tres piezas de fruta en la nevera. Y mucho viento loco.

Hoy, me pregunto... caminando arrastrando los pies, casi descalza, por la ciudad que elegimos para amarnos, la última visita, otra vez, la última. 
Ya, fuera de coña, ¿estoy perdida?

Patética esta huelga de silencio en la que todo está dicho. "Hombre, son muchos años juntos y eso siempre marca". Di la verdad, maldito: yo estoy marcada, tú eres feliz. 

No escribo nada para que tú lo leas. No. Ya no. Solo necesito desahogarme de este silencio.


Nadie vendrá a salvarme.

Todo ha acabado bien.



16 de julio de 2011

Pigmalión

Incluso si analizamos las biografías de grandes genios, mujeres y hombres que a lo largo de la historia han hecho enormes aportaciones a la humanidad, veremos que en muchos casos hubo una persona que tuvo una fuerte esperanza depositada en ellos. Y es que Pigmalión tiene una explicación científica: hoy sabemos que cuando alguien confía en nosotros y nos contagia esa confianza, nuestro sistema límbico acelera la velocidad de nuestro pensamiento, incrementa nuestra lucidez y nuestra energía, y en consecuencia, nuestra atención, eficacia y eficiencia.

Álex Rovira, 
17/09/2006



Mi cuerpo sucio huele a cloro. Ya no hay cazatalentos que me miren como amos ni me hablen como bebés hambrientos. 

Quiero decir, quiero escribir. Me obsesiona escribir. 

Escribir, por ejemplo, "la suciedad es un estado mental", "la calidez es la farsa de un verano inclemente", "el invierno de julio". O "mi hermano te nombra cada día, como si pudiera leerme la mente y saber que estás ahí, en todos los lugares".

También escribo para contradecir a los que no apostaron por mí, a los que siempre aparecen durmiendo en mi cama cuando tengo pesadillas. Escribo para todos los que me escupieron evidencias alguna vez y repitieron hasta el hartazgo: "tú no eres nada", "tú no vales nada", "tú eres inservible". Estoy muy cerca de ellos. A loser.

A veces conduzco borracha por avenidas con nombres de escritores famosos. Era honesta entonces, te lo juro. Siempre he sido honesta contigo. Si me sobreviene el pesimismo y se hace patente mi falta de talento, siempre pienso por mí misma: lee, lee, lee. Y, en mi cabeza, empiezan a pasar hombres también honestos que me repitieron con voces suplicantes: "No dejes de escribir, por favor. Haz lo que sea, arrástrate para seguir viviendo si es necesario, pero no dejes de escribir". "Escribe siempre".

En fin.

Tú eras mis ganas, adorado Judas.

¿Escribir para qué? ¿Escribir para quién? ¿Escribir? ¿Qué?

Si tú eras mi casa. Pigmalión. Mi única familia.
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