Quién es quién.
Tú eres.
Tú eres ellos. Ellos que me miraron desconfiados desde la última fila.
El niño que ahora es feo y que se está quedando calvo y que me rechazó en sexto de primaria. Como los monstruos de Adri. Como los monstruos que todos somos.
La amiga que se alejó porque yo no me adaptaba. La que no me eligió. La que me robó el vestido de la Barbie con siete años y el que me levantó el vestido en el colegio para que todos se rieran de mí. Con siete años.
El que, ante mi fallo inocuo, no pudo dirigirse a mí con amabilidad, sino con la agresividad de los monstruos como ellos. Tú eres la mosca muerta que me mira con superioridad porque mirarme es lo único que le queda. Tú eres el que intenta hacerme creer que soy especial para jugar. Especial únicamente para jugar. El que no se molesta en conocerme y me odia. La que conoce mis debilidades y me provoca con argumentos rancios. Todos los que observan sin decir nada esperando mi próximo error.
Quieres que me quite los cuellos altos. La altivez. Quieres verme por detrás. Tropezándome en los escalones, descalabrándome. Equivocándome en el guion ante el público. Olvidándome las llaves. Soltando mi falso discurso. Falsa. Falsa. Puta. Que se me caigan las costuras. Que todos vean mis bragas.
Si yo fuera ellas tendría un plan premeditado. Unas fichas. Unos movimientos. Estrategias. Actitud. Pero soy tan vulgar que me equivoco con mis propios errores. Me muevo bajo mis propios impulsos. Me analizo a posteriori. Cuando la cámara acaba de grabarme. Cuando los focos se apagan. Cuando el maquillaje corre por el lavabo y se lo traga el desagüe.








