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28 de octubre de 2009

Dos y veinticinco de la mañana

Estoy dándole vueltas a la cama. Lleno el papel en blanco de borratajos. Igual que fuera, el agua empapa los papeles de periódicos atrasados.

Mancho.

¿Ser escritora? Lo descarto.

Prefiero analizar el crecimiento de la unica planta que me regalaron. La única planta que ha sobrevivido a las hojas y a la humedad.

Mi insomnio viene de nuevo a molestar.

¿Pertenezco a una generación? Supongo que ni siquiera soy un punto en el espacio.

Este clima otoñal me hace retornar a mis orígenes. Parece ropa tendida, que moja el suelo, esta lluvia molesta a la que culpo de mi desconsuelo.

No escribo porque tenga ideas, sino para hacerlas mías. Para conquistar cierto terreno, para irme tranquila.

Nada y el recuerdo son equiparables.

Palos de ciego, para palpar un mundo que en cualquier otra parte del mundo será otro mundo. Occidente y la coca-cola. Es lo que nos ha tocado vivir. Y el resto.

Reivindico el margen y la clase baja. Puto olmo, no le pidas peras, aunque las tuviera, no te las iba a dar. Me quejo, tengo frío.

Noto cómo he perdido "el gran dominio del lenguaje". Se llama necesidad de comunicación. Tantas, que estoy pensando en publicar o no esto en el blog.

A saber.

Últimamente pierdo la identidad. Estar por estar. Escribir para desmentir que he muerto. Escribir para mentir que he vivido. Estoy un poco perdida, sí. Y nadie me dice dónde puedo buscar.

Me. Mierda. Me duermo.

Vale. Esto era lo único que tenía que hacer. Qué fácil. Qué mierda, porque mañana no lo quiero recordar.

3 de septiembre de 2009

Refugios

Escarbo en los bolsillos del vestido vaquero. Después del temporal, me quedan unos euros en monedas sueltas. Es todo lo que conservo de veintiocho meses de idas y venidas, polvos salvajes y discusiones más salvajes todavía, de subidas y bajadas y de amor y odio corrupto.

Este vestido, que tanto le gustaba, el anillo que me regaló en nuestro primer aniversario y una colección de momentos juntos que mi memoria difícilmente estará dispuesta a borrar es todo mi equipaje. También estas monedas me acompañan.

Tengo hambre. ¿Cómo es posible que, después de todo lo que nos hemos dicho, mi cuerpo esté tan necesitado de alimento? Es casi... obsceno.

Calculo meticulosamente mis alternativas:

a. puedo quedarme quieta, sola y hambrienta, esperando que todas aquellas nubes oscuras se planten encima de mi cabecita a punto de explotar o
b. puedo irme al McDonald's más cercano a pedir el menú más barato y sentir un poco de calor artificial.

Una voz nasal me pregunta qué deseo. Huele a aceite quemado. Veamos, deseo...una ración de ternura, para empezar, un poquito de paz con queso y sin cebolla y un vaso de firmeza y energía, con mucho hielo.

Me siento, con mi hamburguesa simple y con lo poco que he podido comprar para acompañarla dado mi presupuesto, en una de esas ridículas mesas cuadradas a las que únicamente se pueden sentar dos personas. Qué manía con hacer todo para dos. Además (esbozo una sonrisa), deben de hacer las mesas a la medida de la comida.

Permanezco, sin querer, en silencio, mirando fijamente a la silla de en frente. Vacía, sobria, de plástico. Pero, inmediatamente después, alguien atrae toda mi atención.

En la mesa de delante come una pareja. Eso ya me pone de mal humor. Al chico sólo le veo la parte de atrás de la cabeza. Un principio de alopecia invade su coronilla. Todo el interés que hipotéticamente hubiera podido tener para mí lo pierde en el mismo momento en que me fijo en su chica. Al principio, no repara en su entorno; luego, cuando se acostumbra a mi presencia, no deja de mirarme.

Voy comiendo a pequeños mordiscos el filete ruso pringado de queso. Levanto la vista levemente. Es una chica de facciones delicadas. Es rubia. Lleva el pelo recogido. Tiene los párpados ligeramente maquillados. Lleva un traje muy elegante. Y uñas azules.

¿Uñas azules? ¿Qué tipo de broma de mal gusto es esa? Vale que una chica así entre a comer en un establecimiento de este tipo, pero... ¡uñas azules?

Es decir, no es que no me guste ese color de esmalte: es ella, que no encaja en él. Ni allí ni mirándome ni acompañada de su novio.

La veo continuamente hablando muy bajito. Está comiendo un menú infantil. Antes de terminar cada una de las frases que pronuncia, levanta la vista y la clava en mí. La pobre despechada, amargada, dejada, la chica morena y bajita que come sola en un restaurante de comida rápida. Rápida, así soy yo. Y ella...

Yo qué sé qué pienso. En sexo lésbico. Y en lo mala persona que debe de ser. También en cometer una locura o en asesinar o matarme o algo así...

Parecerme a ella. Y, sobre todo, dejar de ser yo. Es todo lo que se me viene a la mente en este preciso momento.

A continuación, le doy el último mordisco a mi hamburguesa.


La primera foto la he sacado de aquí. La segunda es mía.

26 de mayo de 2009

El primer paso es reconocerlo...

Llevo varios días metida en estos cinco metros cuadrados. Estoy sentada enfrente de la ventana, en una incómoda silla que hace que los músculos de mi culo se duerman al cabo de un rato. He subido la persiana hasta el tope y he despejado de los cristales las cortinas. Pronto vendrá una amenazadora tormenta. ¿Cuántas horas llevaré aquí sentada mirando al cielo? Puede que cuatro, puede que más.

A mis párpados les cuesta abrirse y cerrarse. Ha empezado a oscurecer. Salvo por los ruidos del pasillo, podría parecer que estoy sola e incomunicada. Porque en realidad estoy esperando una llamada, un mensaje, una señal. Pronto, los objetos se están volviendo oscuros y difusos. La habitación adquiere otro matiz.

Ya tengo compañía. Comienza a tronar. Respiro profundo y comienzo a contar. Todos estos pensamientos y los truenos hacen parecer que estoy más aislada y que soy más diminuta. Ahí viene el rayo. Fulminante. Desgarrador.

He dejado de distinguir mis manos, la mesa, los papeles esparcidos. Indudablemente no voy a levantarme a encender la luz. La habitación está desordenada, pero si oscurece, me olvido de ello.
Creo que voy a salir para comprar unas cervezas. La idea se convierte en un líquido denso que no consigo procesar con claridad. Los momentos de lucidez se entremezclan con alucinaciones, duermevelas y truenos que me impiden pensar. Alguien me dijo que estaba loca, pero eso fue hace mucho tiempo.

Un tremendo rayo consigue sobresaltarme. Parece que esté a mi lado. Aquí estoy a salvo, ¿quién vendría a hacerme daño? Qué tipo de temporal escogería a una tipa como yo para descargar su ira. Me imagino a la gente que camina apresurada por la calle de enfrente, intentando resguardarse del torrente que empieza a caer sobre sus cabezas. Abren sus paraguas, se encogen en sus ropas primaverales, se agachan, se convierten en insignificantes gotas de lluvia que se juntan y separan...

Miro al techo. Abro la boca. Veo como una lluvia fina se desprende de la pintura y me moja la cara. Otro trueno me asusta. De pronto, consigo darme cuenta de algo. Sonrío. No tengo comida. No tengo cerveza. No tengo droga. El teléfono no suena. Una carcajada me asalta. Después viene otra. Comienzo a reírme con fuerza, con sonoridad. Estoy sola.

Ahora

el mérito

es

mantenerme

sobria.

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15 de mayo de 2009

La casi realidad

  1. Estoy encuadrada, anclada en el aquí y el ahora.
  2. El aquí y el ahora es la realidad más actual y más cercana.
  3. Escribo en primera persona del singular, con lo que eso conlleva.
  4. El yo no se puede desligar de sus circunstancias.
  5. Yo soy, porque una vez no fui y llegará el día en el que no sea.
  6. Soy aquí y ahora.
  7. Soy el "casi" yo.
  8. El escritor no puede vivir mientras escribe.
  9. Su escritura no es para el aquí ni para el ahora.
  10. Escribe lo interno o lo externo, pero cualquier cosa que escriba será una representación, no será el aquí ni el ahora.
  11. Nadie puede vivir en el más estricto aquí y ahora.
  12. Existen los recuerdos y los sueños.
  13. Escribir no es vivir.
  14. Vivir no es escribir.
  15. El escritor describe lo que ve. Lo escribe. Escribe en el aquí y en el ahora.
  16. Eso no es vivir.
  17. Mi casi yo escribe en una casi realidad sobre algo que no es exactamente lo perteneciente al aquí y al ahora.
  18. Yo no soy escritora,
  19. pero casi.

22 de abril de 2009

¿Un pincel servirá?


Recorrí la ciudad para encontrar un pincel con el que dibujar una novela que jamás lograré hacer. Di tantas vueltas que me mareé. Me miré al ombligo. Regresé a casa y volví a salir. Entré en una tienda diminuta con una mujercilla muy agradable que resultó ser el diablo. Pedía mi alma a cambio del pincel.
Volví a casa desconcertada, pensando en si debo pagar tan alto precio. Son mis sueños, ¿no? Después de eso no dudé. No sé si será la novela que tengo en mente, pero acabo de empezar a escribir con él.
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